Juan José García Posada
La apertura de
fronteras éticas mediante el ciberperiodismo ha posibilitado el conocimiento y
la comprensión, como prácticas habituales y rutinarias, de la unidad en la
diversidad y de la posible universalidad de la ética profesional. Cómo afrontar
la deshumanización y las distintas amenazas contraculturales que gravitan sobre
el ciberperiodismo. Educación para la ciudadanía y el uso ético de las llamadas
redes sociales. La responsabilidad social en la transformación ética. Bases de
una propuesta de reflexión y acción coherente desde el ciberperiodismo.
Decir que se han abierto las
fronteras éticas a partir del surgimiento y la propagación del ciberperiodismo es casi un lugar común.
Veinte años atrás, cuando la internet era incipiente y estábamos asistiendo
todavía a la etapa inicial del deslumbramiento, que se ha superado en forma
lenta y casi imperceptible, eran abundantes las incógnitas y perplejidades
sobre lo que sería de la ética profesional del Periodismo y la Comunicación
ante unas realidades todavía desconcertantes e impredecibles. Hoy en día no lo
son tanto.
Las tendencias indicadas al
comienzo han venido afinando y verificándose, sin que hubiera sido necesario
consultarle a una bola de cristal para aventurar predicciones de acento
adivinatorio, porque los signos visibles facilitaron la elaboración de
pronósticos señalados por un aceptable grado de acierto. Ni el optimismo
desbordado, que empezó por atribuirle al nuevo Periodismo unas funciones
prodigiosas, ni el pesimismo derrotista, que lanzó los más negativos
vaticinios, como el de la desaparición de la cultura profesional y la asunción
de esta actividad por todos los seres humanos. Se ha probado la condición de
extremas de ambas corrientes.
Pero además, en medio de una
prolongada discusión que se ha efectuado sobre todo en el ámbito universitario,
ya se tiene la certidumbre de que la Ética profesional se mantiene vigente en
sus elementos esenciales. No se revalúa en lo fundamental, así, gracias a la
ampliación de su espectro, la profundización en el conocimiento y la
comprensión de otras visiones y otros métodos de búsqueda de la verdad y el
sentido, resulte obvio concluir que deba experimentar actualizaciones
conceptuales y normativas, sin que representen cambios radicales.
Diálogos
interculturales
Se ha ampliado el panorama ético.
La posibilidad de establecer diálogos interculturales frecuentes, mediante los
recursos informáticos y la utilización habitual de las redes, con profesionales
de los más variados enfoques epistemológicos y los más diversos modos de asumir
los valores de verdad, bondad y belleza, o de adoptar posiciones en defensa del
criterio de veracidad, ha sido un factor determinante de esa apertura que ha
significado, por consiguiente, una ampliación de la conciencia ética y, muy en
especial, la afirmación de la alteridad y la otredad como condiciones
consustanciales al saber y el hacer periodísticos.
Alteridad y otredad que hasta
hace más de dos decenios se sugerían, se intuían, pero no estaban integradas a
la rutina, a los modos de pensar y actuar habituales de los comunicadores
periodistas. El reconocimiento de los otros y de la cualidad plural de la
verdad (la verdad no es, somos, se ha
dicho de modo insistente desde entonces) se había planteado como una hipótesis
necesaria y dotada de todas las posibilidades de convertirla en axioma válido.
Pero no se había consolidado como concepto inherente a la cultura profesional
del Periodismo y, sobre todo, como cualidad básica del deber ser y la
perspectiva de realidad de la ética.
Esa relación frecuente ha
facilitado una suerte de diálogo de horizontes conceptuales, éticos y
metodológicos entre periodistas de culturas disímiles. Intercambiar puntos de
vista era una práctica ocasional y fugaz, por no decir que exótica, por ejemplo
entre profesionales del Periodismo de Colombia y colegas de países situados en
las antípodas geográficas e incluso políticas. El periodismo comparado, en
materias de información y opinión, e incluso en aspectos estéticos, de diseño y
elaboración gráfica, sólo se posibilitaba de tarde en tarde gracias a los
viajes y pasantías, a las publicaciones que llegaban en los maletines de los
viajeros, o se obtenían gracias a la colaboración de embajadas y consulados.
Algunas veces, los enviados especiales a lugares de conflicto podían establecer
conexiones con otros colegas.
Tarea
habitual
Pero hoy en día esa forma de
contacto ha evolucionado, se ha ampliado y cualificado hasta el punto de
considerarla como una tarea casi rutinaria, merced a las plataformas
informáticas, las redes sociales y las inmensas facilidades de comunicación en
tiempo real.
En la experiencia académica sí
que se ha alcanzado ese acercamiento, que ya poco sorprende a los propios estudiantes:
Una teleconferencia para interconectar a los alumnos de dos cursos afines de
Ética, o de Periodismo argumentativo, de dos universidades separadas por 10.000
kilómetros de distancia, ya no es ningún acontecimiento. Es una actividad que
se cumple sin tropiezos distintos de los que puedan surgir en el manejo técnico
de las plataformas, por cierto mínimos en los tiempos actuales.
De igual modo, la comunicación
entre salas de redacción de medios afines pero diferentes, situados en países
separados por distancias oceánicas, permite la captación de esos enfoques
disímiles, esas diferencias conceptuales y axiológicas que muestran una
ampliación de las fronteras éticas y de la capacidad de comprensión del porqué
de la aceptación definitiva de los otros, de la otredad, como condición sin la
cual sería imposible una ética de espectro universal, basada en la unidad en la
diversidad, valga decir en el reconocimiento de unos mismos fines de la
profesión pero con los más diversos matices, señalados por las peculiaridades
culturales.
Unidad
en la diversidad
¿Ha cambiado la ética
profesional, se han modificado los principios y valores que la sustentan, o
mejor se ha enriquecido, se ha fortalecido gracias a esa aceptación de la
unidad en la diversidad? La respuesta, desde el punto de vista personal,
apoyado en la observación y la experiencia, apunta a la segunda opción.
Además, la certidumbre de que hay
una intensa y pertinaz competencia en el ciberespacio, que multiplica y
potencia la preexistente, señalada por la profusión de contenidos degradados y
degradantes y por la presión de la baja calidad, ha motivado una reflexión
seria de los periodistas sobre las responsabilidades en punto a la búsqueda de
la excelencia en el servicio a los lectores, oyentes, televidentes y
cibernautas, valga decir en la realización de medios convergentes.
Esa es la marca distintiva del
Periodismo en la red. Es la diferencia capital frente a contenidos que distan
de hacer posible la idea de cultura como aquello que nos hace mejores como
seres humanos. La garantía de perdurabilidad, de permanencia y de
respetabilidad, confiabilidad y credibilidad del Periodismo, está relacionada
en forma íntima no sólo con la independencia crítica y la capacidad innovadora
(condiciones que deben fortalecerse), sino también por la vigorización de la
responsabilidad social, local y global.
Exigencia
de control social
Nadie ha concluido de modo
categórico e inequívoco que haya disminuido o esté agotándose el nivel de
exigencia de los cibernautas. Todo lo contrario. De la banalización de la
cultura, del imperio de lo light, lo frívolo y lo insustancial, no hay razón
para culpar a los cibernautas, como tampoco a los lectores, los oyentes o los
televidentes. Ha sido una degradación inducida y acelerada por el mercado como
fuerza dominante y, más aún, como amenaza contra los medios de comunicación y
las audiencias.
Así como el oscurantismo no fue
estimulado ni patrocinado por la gente en la época medieval, el
neo-oscurantismo de nuestros días, que establece una ecuación falaz entre
estratos socioeconómicos y estratos culturales, tampoco es promovido ni
auspiciado por la sociedad en general, que va tomando conciencia, en forma
progresiva, de sus derechos en materia de igualdad de oportunidades para
acceder a los bienes de la educación y la cultura y de su competencia para
reclamar que los medios periodísticos y de comunicación asuman su cuota de
responsabilidad en la que debería ser una causa común, la elevación de la
calidad de vida desde la educación y la cultura.
Las experiencias conocidas
muestran que el control social de la actividad informativa ha sido cada vez más
persistente y exigente. Las redes sociales han contribuido a facilitar la
expresión de los ciudadanos para reclamar sus derechos fundamentales, entre
ellos el de la información y la orientación, básicos para el mejoramiento de la
educación y la cultura. Pensar y obrar de espaldas a esta realidad es una
insensatez y una forma de autoeliminación de la credibilidad, la confiabilidad
y la posibilidad de permanencia de los medios periodísticos.
Bases
de la transformación
La ética puede ser
transformadora, en la medida en que respalde la apertura de espacios
democráticos, ayude a elevar la calidad integral de la vida de los asociados,
facilite la extensión de puentes de diálogo entre las culturas, contribuya a la
formación de conciencia sobre los valores y el riesgo de envilecimiento por el
relativismo que acentúa la crisis de las creencias, permita el conocimiento y
la comprensión de la diversidad y el respeto a la diferencia como bases de la
convivencia. Ante todo, la ética puede ser transformadora si fomenta la
justipreciación de la dignidad y la calidad de los seres humanos. Tales
propósitos imponen la coherencia, la concordancia entre el deber ser y la
práctica habitual en la vida profesional.
Ética y coherencia
Ahí, en la coherencia, reside la distinción primordial. Debo enfatizar
en unas ideas que he expuesto en otros espacios y momentos al tratar la
cuestión de la ética profesional:
¿Estamos en condiciones de garantizar que nuestro concepto ético sí
contribuya a hacer del pensar y el hacer como profesionales una tarea de verdad
humana?
¿Influimos por omisión o por defecto en la deshumanización de las
actividades comunicativa y periodística?
¿Ayudamos, tal vez de modo tan inconsciente como involuntario, a que
sigan escamoteándose los contenidos humanizadores, a vulnerar la dignidad de
los destinatarios de los medios de comunicación, a irrespetar sus derechos
fundamentales y a convertir el dolor, el sufrimiento, el desarraigo, el
silencio de los que no tienen voz, la humillación, la inferioridad de los
débiles ante los poderosos y todas las tragedias de nuestras ciudades y
nuestras aldeas, en elementos utilizables para seguir produciendo melodramas
que amplían audiencias pero estrechan horizontes intelectuales, que provocan
lágrimas y expresiones conmovidas y alientan la escenificación diaria del
espectáculo informativo, pero no despiertan conciencias ni empujan a la
solidaridad y el vencimiento de la indiferencia?
Amenazas
Sin embargo, nuestra actividad profesional y nuestra
labor intelectual se debaten en medio de las maniobras diarias de los titereros
que mueven las cuerdas en el tinglado de la antigua farsa y con malicia y mala
fe patentes ensombrecen el esplendor de la verdad. Habitamos en un planeta en
el cual el criterio de veracidad parece como si hubiera sido lanzado al
sanalejo de la historia.
Ser veraz es casi un motivo de descrédito, en una
época en la cual la imaginación y el ingenio son proclives a manifestarse en la
invención de los artificios más sofisticados para maquillar la mentira y darle
apariencia de verdad y crear la figura controversial de las fake news o noticias falsas, elevada a
la categoría de estrategia institucional y gubernamental, como lo indican
hechos recientes ocurridos en el plano de las relaciones internacionales.
Sesudas discusiones han venido realizándose para renovar los criterios éticos
del periodismo frente a esas realidades y amenazas emergentes. Acreditados
periodistas han aportado valiosos puntos de vista para reafirmar su fe en un
periodismo que vuelva por los fueros de la ética original para encarar las
situaciones sobrevinientes. Abundan en la red y en los centros de documentación
los contenidos referentes a este asunto intrigante de las noticias falsas y las
empresas que se mueven en un ámbito legal y ético dudoso para propagar
mentiras. (Hecho en Alemania, 04-10-2017).
Ni los derechos personalísimos como la intimidad, la
honra, la fama y el nombre, ni los fines del bien común general, ni la angustia
y la incertidumbre de la sociedad merecen respeto alguno para los mentores y
propagadores de la mentira disfrazada de conveniencia pública.
La versión auténtica de los hechos de interés
público e importancia informativa está dejando de ser constancia fidedigna del aquí
y ahora, sustancia de la verdad histórica, para convertirse en
desfiguración acomodaticia o caricatura arbitraria, en medio de una compleja
variedad de factores que pueden integrar un antidecálogo para aniquilar el
periodismo.
Una ética destinada a sostener un estado de cosas señalado por abusos y
negaciones de la equidad no puede ser la que enriquezca la cultura profesional
del periodismo, en su marco filosófico, en el campo de la metodología o en el
manejo responsable de las tecnologías. La comunicación, como tantas veces se ha
insistido, debe asumir un enfoque a la medida de lo humano, debe estar abierta
a los cambios y las novedades y a la revisión crítica de la realidad, debe dar
testimonio de coherencia entre la palabra y la acción, entre lo que se proclama
y lo que se vive, y debe, ante todo, propiciar una reflexión antropológica y
una disposición que facilite la comprensión del ser humano en su plenitud.
Ensayistas y autores que han contribuido a la construcción de una ética
avanzada del periodismo han enfatizado en la identidad de la cultura
profesional y las nuevas responsabilidades frente al llamado mundo digital. Uno
de los textos más recientes es Ética del
Periodismo, de Norbert Bilbeny, quien reflexiona sobre el significado del
bien y por qué debemos hacer lo que es bueno y tener suficiente coraje para
actuar, en particular en el servicio periodístico. (Bilbeny, 2012).
Hacia
una antropología
Es ahí donde es pertinente interpretar
una exhortación a profundizar en una Antropología de la Comunicación y el
Periodismo. El ser humano debería ser, en el planteamiento estimativo y en la
realidad habitual, el centro, el objetivo, la razón de ser de la actividad
comunicativa y periodística, en el ámbito local y en el ciberespacial.
Es cierto que todos comenzamos pensando
en el ser humano como centro y razón de ser de nuestras actividades
profesionales, pero terminamos ignorándolo para colmar vacías expectativas de
mejoramiento que a la hora de la verdad minusvaloran lo humano y nos hacen a
todos sujetos no como individuos autónomos y dotados de derechos y deberes,
sino en el sentido de dependientes, de sujetados, de cifras de más o de menos,
de personajes ocultos tras el anonimato de las encuestas.
Retomo la cuestión de la otredad, de la alteridad, planteada al
comienzo. Son los otros, los demás, quienes definen la naturaleza, la razón de
ser y las finalidades de la actividad periodística. No sólo de la actividad
periodística: De todas aquellas que entrañan servicio a los semejantes,
solidaridad y altruismo. En breves términos, la humanización de un servicio
fundamental no puede alcanzarse sin el reconocimiento del ser humano que está
presente y expectante en medio de sus circunstancias.
Si los periodistas y comunicadores no
oponemos una resistencia confiada desde nuestras propias funciones, tanto en el
ámbito universitario como en el de los medios de comunicación, uno y otros como
escenarios de humanidad, acabarán por tener razón los catastrofistas y los
profetas de desastres.
La
acentuación de la soledad
Llegó a creerse, cuando irrumpió la
internet y se desarrolló la comunicación interpersonal primero por medio del
correo electrónico y luego por los demás instrumentos que integran las llamadas
redes sociales, que el ser humano resolvería el profundo problema existencial
de la falta de compañía y aliviaría su soledad al compartir hasta la intimidad
con otros seres con quienes podría entablar diálogo amistoso y confidencial,
sin que importaran las distancias.
No obstante, esa sensación de soledad se
acentúa cada vez que, al establecer comunicación con algún interlocutor tan
distante como desconocido por el correo electrónico, o al ingresar en el
facebook u otros de los atrayentes sistemas de relación que se ofrecen hoy en
día, no hay evidencias que prueben que la interlocución es válida porque no hay
fingimiento, impostura u ocultamiento de ninguna de las dos partes.
La dilución del sujeto, en ese escenario
de ficción, es un factor que agudiza la soledad y el aislamiento. Aquel que en
el mundo real haya repetido que “mis amigos, no hay amigos”, aumenta su
desencanto al verificar que mucho menos los encuentra en el mundo irreal de las
relaciones virtuales.
El sujeto, entendido como el hombre,
como el individuo, como la persona, es decir en las acepciones más comunes y
más simples, va desapareciendo en la medida en que desaparece la compañía que
lo sostiene como ser de naturaleza social. La soledad es la muerte del hombre,
han dicho pensadores y poetas. Un ser social solitario a su pesar, aislado y
convertido en forastero en el que era su propio entorno, marginado de la ciudad
en que se sabía ciudadano, queda recortado en el uso normal de sus facultades.
La muerte del sujeto ha sido tema
recurrente en la filosofía a lo largo de más de un siglo, tal vez desde
Nietzsche. Lo que ha dicho Baudrillard en El
otro por sí mismo es intrigante:
La realidad se
fuga, aquí y ahora, en los medios de comunicación, en la informática, en los
circuitos computadorizados y en las pantallas de control. A través de la
difusión universal, de la transmisión inmediata de la información, cada hecho,
cada acontecimiento, se libera por sí solo, prosiguiendo su trayectoria
errática en el vacío. La realidad se va tornando en un algo sin consecuencias,
en un algo que va demasiado rápido, demasiado de prisa y que no volverá nunca
para dar testimonio de sí mismo ni de su sentido. La realidad desaparece en la
perfección técnica. La desaparición de la historia puede verificarse fácilmente
en una exigencia fatal, en una estrategia fatal del tiempo que busca quemar
etapas, aniquilar el presente y poner en corto circuito el Juicio Final.
(Baudrillard, 1997, p.18).
Y con esa realidad que se fuga, es
probable que esté fugándose también el sujeto.
El sujeto, entendido como individuo,
como persona digna, pasó a convertirse en el protagonista circunstancial de un
papel: No es el ser humano integral, sino lo que hace y lo que aparenta. La
ingenua y arbitraria catalogación corriente de los hombres por sus profesiones
u oficios, propia de la especialización absorbente de las funciones sociales,
ha precipitado la desaparición del sujeto y el recorte del sentido de lo
humano: En la casa de enfrente vive el médico, más allá el abogado, en la otra
está el comerciante, en la de la esquina habita la familia del piloto. Más
alienante, todavía, es la borradura no sólo de la condición de individuo e
incluso hasta de la función que desempeña, para convertirlo en simple y escueto
cliente o usuario de bienes o servicios. Todos son clientes.
¿A
quién servirle?
De una reflexión sobre la
responsabilidad de los medios de comunicación frente al ser humano como
protagonista (García, 2012), retomo este cuestionamiento, al preguntar a quién
o a qué le sirven primero el periodista y el comunicador, si a la empresa, al medio,
a la fuente informativa, a los grupos de presión, a su propio afán de
lucimiento personal, o a la industria banalizadora del espectáculo. En fin,
dónde está el ser humano, que humaniza la actividad profesional y los
contenidos que emite:
¿Están incluidos
en esos conceptos más bien abstractos los individuos, los seres humanos? ¿Hay
genuino altruismo en la tarea periodística? Que debe pensarse en los lectores,
es una consigna grabada en los propósitos éticos y en el pensamiento editorial
y las estrategias informativas. ¿Pero en los lectores como usuarios ocasionales
y transitorios de los servicios informativos, como clientes que adquieren un
producto, o como individuos que buscan la compañía no sólo culturizadora y
recreativa sino las claves de respuestas a sus particulares interrogantes
existenciales, a sus cuestiones cotidianas y a sus necesidades sencillas de
orientación? ¿Son tan humanos el periodismo y la comunicación como se proclama
y como suele creerse? (García, 2012, p. 149).
Utopía
y realidad
He venido sosteniendo desde el principio
que las fronteras éticas se han ampliado gracias a la propagación y la
consolidación del ciberperiodismo. ¿Y
hasta qué límites es aceptable hablar de la posibilidad de una ética
ciberperiodística universal? Debo retomar las digresiones que sobre el tema han
efectuado profesores como Rafael Capurro (Capurro, 2005) y que he venido
exponiendo en los módulos de Ética en la Red para las Maestrías en Seguridad
Informática, Gerencia de Mercadeo y Comunicación Digital y la Especialización
en Periodismo Electrónico, en la UPB.
Asumir que la
formación de una ética universal del Periodismo Electrónico es una finalidad
utópica es en cierta forma reafirmar una verdad consabida. Entre la ética y la
utopía siempre ha habido una conexión íntima. Se habla en términos estimativos,
axiológicos y del deber ser. Aunque lo ético ha de ser un concepto unido al
pensar y el obrar del ser humano, es preciso, sin reducirlo, plantearlo en
términos de lo razonable, de lo probable. En la Ética a Nicómaco no está
ofreciendo Aristóteles un manual para alcanzar la felicidad, sino una reflexión
filosófica mediante la cual pueden hallarse claves para comprenderla y
aproximarse cuanto sea posible al fin buscado. Tampoco Spinoza declara en
pasaje alguno de su obra que su Ética es un texto en el cual se exponen de
manera definitiva las bases para la consecución de las finalidades más
importantes del ser humano y en particular para la realización del que
podríamos entender como derecho a la alegría. Ni Kant, ni Nietzsche, ni los
demás filósofos que desde los puntos de observación y reflexión más disímiles
han escrito sobre la Ética (Gadamer, por ejemplo, lo mismo que Adela Cortina y
Victoria Camps, en los tiempos actuales) muestran siquiera asomos de optimismo
ante las posibilidades de concreción plena de sus tesis. (García, 2012, p.134).
Esencia
de validez universal
Si en el solo conjunto de los medios
periodísticos de una nación determinada puede darse una multiplicidad de
códigos éticos, dependientes de la diversidad de regiones y culturas, más grave
y complejo todavía es el solo intento de unir, como si se tratara de volver a
pegar millares de piezas dispersas de un gran espejo hecho añicos, los
variadísimos códigos éticos que se han elaborado en el mundo actual. Por una
parte, se ofrece una interesantísima posibilidad de ejercitar una labor de
comparación. Por la otra, la no menos importante de extraer de cada tipo de
planteamiento ético unos principios y unas disposiciones normativas que puedan
tener una esencia de validez universal.
¿Se obtendría una suerte de código ético
modélico para el Periodismo Electrónico del mundo? ¿Por el contrario, se haría
una labor de ensamblaje tan rudimentaria, tan frágil, que el trabajo apenas
serviría como demostración de que al menos ha querido intentarse el experimento
como forma de calistenia intelectual? ¿Es posible, en verdad, semejante
empresa? ¿Sí hay en el entorno ético mundial o global unos valores, unos
principios y unas normas que puedan tomarse como de validez universal, que
puedan adoptarse para la totalidad del Periodismo Electrónico, por fuera,
además, de la sorprendente diversidad de culturas, de criterios políticos,
religiosos o económicos y, en fin, de la pluralidad de morales particulares? El
desafío es de una gran magnitud.
Por supuesto que ni el tema ni la
discusión se agotan en los límites estrictos de una exposición académica. Sólo
estoy llamando la atención sobre un asunto de importancia capital. Al mismo
tiempo, quiero proponer algunos elementos que pueden resultar útiles para
mostrar cómo sería posible, por lo menos, aproximar puntos de vista dispares y
conseguir, hasta donde sea razonable, un marco de referencia ético vinculante
para todos los periodistas, con todo y las muy probables dificultades:
Globalización
y fines comunes
Lo fundamental está en pensar cómo si en
el ciberespacio se han acabado las fronteras geográficas y han venido
desapareciendo muchas barreras tradicionales, también en el Periodismo puede
conseguirse, por lo menos desde la exposición teórica y la reflexión ética, una
conjunción de propósitos y fines comunes. Al debate sobre la globalización se
le ha infundido una orientación política y económica. Ha llegado a
desconceptuarse todo aquello que se parezca a globalización, como si se tratara
de uno de los rostros del imperialismo, del neocolonialismo o del
neoliberalismo.
Pero la globalización, leída y
comprendida sin un sesgo ideológico y como fenómeno histórico, tiene facetas
que no sería sensato desconocer de plano y una de ellas consiste en la virtual
gestación de un nuevo orden mundial de la información y la orientación, un
nuevo orden periodístico mundial. Cuáles sean las perspectivas de ese orden y
si en él han de predominar los criterios tradicionales, así como si ha de
perpetuar la división entre el Norte y el Sur, son problemas que tampoco pueden
ser ajenos a la discusión ética. Pero, en principio, el hecho objetivo de que
haya una globalización periodística entraña una invitación a pensar en la
posibilidad de una globalización ética.
Esa conjunción de propósitos y fines
comunes mencionada en el párrafo anterior no tiene por qué diferir de las bases
de la ética mínima o de mínimos. Sería imposible plantear el problema desde una
ética de máximos, o maximalista, que elevaría el problema al nivel de una
discusión de orden moral y, en un mundo como el actual, con el riesgo de que se
convierta en un arriscado debate de acento religioso.
Es razonable identificar en la
cibercultura la formación de una nueva ciudadanía, o el surgimiento de una
dimensión nueva de la vida ciudadana. En conferencia que pronunció en México,
el filósofo Fernando Savater habla de Ciudadanos
en la red y en la nube (Savater, 2015). Señala errores y aciertos de la
internet. Reconoce la contribución a crear y propagar una conciencia y unas
actitudes convivientes y tolerantes, para lo cual es preciso renovar y
fortalecer la educación. Concluye que la internet por sí sola no educa. Debemos
educarnos para la internet. La responsabilidad del ciberperiodista se infiere
de tales razonamientos.
El
Mito de Giges
En la mencionada exposición, Savater
hace referencia al Mito de Giges
(Platón, 2003), que, en síntesis, trata de un pastor que encontró un anillo de
oro que al ser frotado le permitía al hombre volverse invisible. El campesino
abusó del poder de la invisibilidad para cometer fechorías, seducir a la reina
y darle muerte al rey. El centro del problema consiste en la discusión,
sugerida por Glaucón, hermano de Platón, acerca de la tendencia del ser humano
al bien o al mal, a la justicia o la injusticia.
Savater deja el interrogante a la
audiencia y a sus lectores (Savater, 2014). ¿Es el ser humano injusto y sólo
procedería con justicia si estuvieran observándolo? ¿El poder de volverse
invisible mediante el anillo de oro asegura la protección del individuo y la
comisión impune de cualquier acto ilícito? El mito de Giges tiene particular
importancia en los tiempos actuales para interpretar el fenómeno del que
Savater denomina el feroz anonimato:
La impostura, la simulación, la ocultación de la verdadera personalidad por
usuarios de la internet y las llamadas redes sociales que abusan de esa
condición para incurrir en acciones torticeras.
Es obvia la relación entre el feroz
anonimato y las responsabilidades éticas del periodismo en la red. Y pese a la
gravedad de los retos y las dudas que puedan surgir acerca de la perdurabilidad
del periodismo original, se leen y escuchan opiniones subrayadas por el
optimismo realista, como la del profesor Ramón Salaverría, autor de
investigaciones, textos y conferencias sobre el periodismo multimedial. Al
tratar sobre los desafíos éticos de la internet, confía en que la credibilidad
y la confiabilidad del periodismo de siempre se preservarán con base en su
fortaleza ética. (Salaverría, 2012).
Redes
sociales o antisociales
El debate sobre este asunto crucial está
a la orden del día. Las posibilidades de normatividad y la salvaguarda de la
eticidad en la red permanecen en el campo etéreo de la eficacia simbólica. El
fenómeno del anonimato feroz que menciona Savater crece y se multiplica y cada
día se conocen informaciones inquietantes sobre el uso engañoso y fraudulento
de falsas identidades, la acción de timadores que asaltan la buena fe de
usuarios incautos, la difusión de fotografías y videos captados mediante
procedimientos ilícitos, la pornografía con lesión moral para menores,
adolescentes y jóvenes, la calumnia y la injuria amparadas en el anonimato y la
excesiva laxitud de los medios que las facilitan, la manipulación política de
electores mal informados y un largo etcétera de violaciones (García, 2016):
Es evidente que
las redes sociales, en especial Facebook y Twitter que son las más populares,
indican proclividad a convertirse en antisociales por las arremetidas de ácratas
y anarquistas que no reconocen límites éticos ni jurídicos y abusan de la
liberalidad con que pueden generar contenidos para cometer infracciones contra
la dignidad de las personas, el derecho a la intimidad y otras prerrogativas
consagradas en los diversos ordenamientos legales.
Pero cuantas
veces se han propuesto restricciones al empleo de tales redes, con el ánimo de
asegurar un clima de tolerancia y convivencia en ese espacio público de
comunicación, la eficacia de las disposiciones que puedan adoptarse queda en
cuestión, a menos que se trate de la imposición de un régimen severo de corte
totalitario, como en efecto sucede en países como China y Cuba, donde la
internet no está abierta por completo y la censura es aceptada como norma
corriente.
Cuestiones
esenciales
Hay cuestiones que son esenciales a la
condición humana, a las cuales no puede renunciar ningún periodista, sea cual
fuere el lugar del orbe en el cual efectúe su trabajo profesional. Una de
ellas, la más importante de todas, es el respeto a los derechos humanos. Y es
en este punto en el que puede encontrarse la señal de partida para el
planteamiento de la ética universal del Periodismo Electrónico: El humanismo
ético, afín al humanismo jurídico, representa la plataforma sobre la cual pueda
edificarse la estructura de la ética profesional que buscamos, o que
intentamos, para el periodismo ciberespacial. La base de la libertad de prensa
y del derecho a la información es el reconocimiento (con el respeto y la
defensa consiguientes) de los derechos fundamentales de los seres humanos.
Que la Ética mínima o universal o de
mínimos es una ética muy asociada con el Derecho, es una afirmación que puede
verificarse en este curso. La Ética del Periodismo debe recorrer el mismo
camino de los derechos de las diversas generaciones. Así, por ejemplo, de la
ética periodística no podría excluirse la actitud ante el entorno ecológico. No
es un ejercicio simple y facilista el que se plantea. Claro está que hay un
largo camino ya recorrido por los jushumanistas. Y el jushumanismo es básico
para el estudio y la reflexión sobre la Ética del Periodismo, tanto del
particular (de una nación o de una región) como del Periodismo global.
Siete responsabilidades
El periodismo en internet, el
Ciberperiodismo, es un tema que está a la orden del día en las discusiones
profesionales. Se habla de la absorción de los medios tradicionales por el
ciberespacial, de la nueva metodología de trabajo, de los estilos y formas de
expresión. De las redacciones convergentes y multimediales. Y siempre, la
cuestión ética está presente. ¿Y cuáles podrían ser las bases de una ética del
Periodismo Electrónico, o del Ciberperiodismo, o del Periodismo en línea?
Es preciso insistir en que el periodismo
en Internet no puede ser completo si no está iluminado por la conciencia ética.
Queda dicho que los principios y conceptos deontológicos del periodismo en los
medios de prensa, radio y televisión bien pueden hacerse extensivos al medio
electrónico, guardadas, claro está, las proporciones. En busca de una ética del
periodismo en Internet podemos apoyarnos no sólo en una premisa fundamental, ya
expuesta, consistente en el respeto a los derechos humanos, sino también en
unos presupuestos básicos de los que pueden derivarse los derechos y deberes
profesionales correspondientes al uso informativo, conceptual, recreativo y
educativo de la red de redes. Tal propuesta se resume en estos siete puntos,
referencias útiles para la elaboración de un proyecto de código ético universal
del Ciberperiodismo (García, 2012, p. 141):
1) Contribuir
desde la actividad periodística al respeto por la dignidad de la persona humana
y los derechos fundamentales y a la realización de fines esenciales de verdad,
bondad y belleza. El periodista en Internet es sujeto de derechos y de deberes
correlativos. La red tiene fronteras de sindéresis, éticas y morales, jurídicas
y de razón natural.
2) Intervenir
con criterio profesional en la selección razonada y responsable de los
contenidos informativos que circulan por la red. El uso de la libertad como
facultad de hacer lo que debe hacerse es esencial para el periodista en
Internet.
3) Orientar a
los ciberlectores en la búsqueda de sentido y la interpretación de los
conocimientos y las versiones de la realidad actual que se divulgan por medio
de la Internet. Los conceptos de virtualidad y realidad virtual aplicables al
ciberespacio de ningún modo implican la conversión de la realidad en ficción.
4) Asegurar la
veracidad de los contenidos informativos, conceptuales y recreativos que
circulan por la Internet dentro del marco de la producción de interés
periodístico. La verificación de las versiones, la confirmación de los datos,
la prueba de falsabilidad de los hechos son condiciones sin las cuales no puede
hacerse periodismo verdadero.
5) Enseñar por
medio del testimonio a defender la lengua como expresión del ser humano y sus
circunstancias y garantía de su dignidad y su soberanía. El periodista, sean
cuales fueren la lengua y la cultura de las cuales es portador, debe dar ejemplo
de respeto por el buen decir.
6) Fomentar el
desarrollo de una nueva cultura del texto periodístico y literario, mediante la
exploración y aplicación de modalidades expresivas, narrativas y descriptivas
que permitan la presentación y la lectura analítica del mundo real en la
Internet como nuevo medio de comunicación. Para escribir en Internet el
periodista debe ser ante todo un buen lector y un experimentador constante de
nuevas formas de expresión que aseguren la convergencia de periodismo, historia
y literatura.
7) Hacer del
periodismo un instrumento eficiente para el aprendizaje constante del arte de
vivir en armonía interior, con los demás seres humanos, con la ciudad y con el
planeta, como condición esencial para la construcción de la convivencia.
Este trabajo se respalda, por lo tanto,
en los siete presupuestos enunciados, que podrían servir de bases para ese
cuerpo normativo. Con todo, ninguna normatividad ética superará el ámbito de lo
virtual e ilusorio si no se parte de la formulación de pactos, acuerdos,
tratados y demás instrumentos internacionales, nacionales y locales que pongan
como propósito capital la educación para el conocimiento y la utilización
adecuada de los instrumentos informáticos y ciberespaciales y en particular de
las llamadas redes sociales, con la participación de todos los estamentos de la
comunidad educativa. Esto comporta una interpelación a los gobiernos y a los
organismos internacionales para que prueben los propósitos éticos mediante
resolución y voluntad política y la disposición de todos los recursos humanos,
materiales y económicos, de tal modo que puedan conjurarse las graves amenazas
de envilecer las redes sociales hasta volverlas inhumanas y antisociales.
Por
consiguiente, es oportuno reiterar que la asunción de una responsabilidad ética
para la transformación social y humana desde el ciberperiodismo, ha de
dirigirse a afrontar con propuestas innovadoras y audaces las amenazas
contraculturales que gravitan sobre la profesión, que pueden causar la derrota
final y la extinción del Periodismo.
(Se aclara que hacen falta algunos ajustes en la citación de textos anteriores
escritos y publicados por el autor del artículo).
.
Baudrillard, Jean. El
otro por si mismo. Edit. Anagrama. Barcelona, 1997.
Bilbeny, Norbert. La ética del Periodismo. U. de Barcelona, Periodismo activo, 2012.
Capurro, Rafael. ¿Conduce la implantación
mundial de la red a una ética global de la información? U. de Navarra, 2005.
García Posada, Juan José. Ética de principio a
fin. Edit. UPB, Medellín, 2013.
García Posada, Juan José. Cuando las redes son
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de: http://oeticapoliticaysociedad.medellin.upb.edu.co/index.php/areas-de-trabajo/democracia-y-ciudadania/item/174-cuando-las-redes-son-antisociales
Hecho en Alemania. Las noticias falsas y sus
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Volumen IV: República. Editorial
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Salaverría, Ramón. Desafíos del periodismo
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Savater, Fernando. Ciudadanos en la red y en la
nube. Universidad Nacional Autónoma de México, 2014. Recuperado en: https://www.youtube.com/watch?v=AHdnQzsUHCM