miércoles, 28 de agosto de 2019

Cuestiones y respuestas

¿Es recomendable que el Director de un medio periodístico al escoger su nómina de columnistas imponga sus preferencias políticas e ideológicas, de tal modo que todos, o en su mayor parte, estén de acuerdo con sus orientaciones editoriales?


Esa es una actitud anacrónica. No se ajusta al concepto actual de periodismo de opinión. El equilibrio es un factor determinante del adecuado manejo de una sección en la que estén actuando los comentaristas. Si no lo hay, se rompe la ponderación y se incurre en el grave error de darles prioridad a quienes opinan en favor del mismo Director. El periodismo de opinión, entendido hoy en día como una propuesta de conversación ilustrada, como un trabajo destinado a buscar el sentido verdadero de los hechos y promover el diálogo con las audiencias, no tiene por qué matricularse en una sola línea política. Credibilidad y confiabilidad son dos cualidades que no deben desdeñarse y que pueden perderse cuando al lector le queda la impresión o la sospecha de que está siendo manipulado. Más todavía, sean cuales fueren los modos de pensar de los columnistas o comentaristas, que no todos tienen por qué ser periodistas, entre ellos y la Dirección es preciso que haya una cooperación armónica, por medio de la cual se prevén soluciones a posibles conflictos y se asegura una relación clara, seria, responsable y profesional.



¿Es aceptable que se le atribuya el título de periodista a alguien que actúa como columnista en un medio periodístico, aunque su profesión es diferente del periodismo?



No sólo no es aceptable sino que debería ser ilícito. La usurpación de funciones profesionales debería ser penalizada. Por supuesto que los columnistas o comentaristas de un medio periodístico no todos son periodistas. Deben aceptar la cultura profesional del periodismo, pero deben tener muy claro que no tienen derecho a arrogarse la condición de periodistas.






viernes, 23 de agosto de 2019

ANTE LOS ROBOTS Y LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL


EL DESAFÍO DE SOSTENER
LA CONDICIÓN HUMANA

Por Juan José García Posada

¿Qué actitud sea la que debamos asumir ante la presencia de robots que estarían disputándonos funciones profesionales y de unas formas de inteligencia artificial que podrían ponernos en jaque en nuestra condición de seres humanos?
No es posible hacer precisiones o afirmaciones inmodificables. Debemos elaborar conjeturas hacer presunciones, porque estamos todavía, a pesar de la inminencia de las manifestaciones de la Cuarta Revolución Industrial, en el campo de lo estimativo e hipotético.
Sin pretender que estas consideraciones sean indiscutibles, pues se trata de puntos de vista muy personales y basados en buena parte en la observación y la experiencia, creo que lo esencial consiste en identificar las reales amenazas contra la libertad y las prerrogativas fundamentales del ser humano como individuo activo e influyente en la sociedad. Así mismo, establecer las posibles opciones para afrontar tales amenazas.
Una de ellas es el desplazamiento, quizás la marginación del individuo, sugestionado por el nuevo estatus cómodo que facilitan los robots, pero también relegado a la condición de espectador pasivo y con unas posibilidades cada vez más limitadas de intervención en el control de la vida privada y, por supuesto, de la vida profesional en la esfera pública.
La reducción del ámbito de competencia y de acción del individuo puede ser tentadora. Poco a poco y de modo imperceptible, vamos cediendo funciones, desde las elementales hasta las complejas, en la creencia engañosa de que somos beneficiarios de las innovaciones tecnológicas en materia de robótica e inteligencia universal.
El aperezamiento por la agradable posibilidad de manejar todo mediante un aparato de control sin necesidad de movernos de un sitio confortable de trabajo, ha de ser, entonces, un factor determinante, a mediano y largo plazo, de nuestra derrota como seres humanos.
Acabaríamos convirtiéndonos en personas inhábiles, atrofiadas para retomar nuestras labores habituales, por falta de uso de nuestras propias capacidades. Al delegarle a un robot y a un sistema tecnológico inteligente hasta las tareas más sencillas, vamos ganando, es cierto, en la ampliación placentera del tiempo de ocio. Pero así mismo vamos perdiendo la agilidad y las habilidades indispensables para sostener un tiempo y un espacio propicios para las actividades laborales y las funciones inherentes a nuestra condición.
Y llegará, por consiguiente, el día en que nos veremos convertidos en sujetos en el sentido literal del vocablo: Sujetos, retenidos, agarrados, tomados, sostenidos y controlados por otras fuerzas potentes, inevitables y dominadoras. Tal es la condición engañosa del sujeto: No es tan autónomo como parecería, puesto que está sujeto, está sujetado, está gobernado, controlado y por consiguiente pierde autonomía.
El nuevo dilema es el de acción o comodidad. Si actuamos estaremos perdiendo comodidad, pero en la medida en que pretendamos estar más cómodos perderemos capacidad de acción y autonomía, así como habilidad para movernos en nuestro propio entorno.
En uno de los videos se habla sobre el miedo a la muerte como una de las notas distintivas del ser humano confrontado con el robot. Hablemos, de modo quizás menos patético, del miedo a la pérdida de capacidad de acción. En la medida en que vamos observando ejemplos de desplazamiento, de reemplazo en nuestras funciones, de reducción de las oportunidades laborales, en esa misma medida seremos temerosos de una derrota final, la derrota de lo humano.
De ahí, entonces, que la principal decisión debe ser la afirmación de la condición humana, de la autonomía y la responsabilidad y de los derechos inherentes a la persona. Es obvio que se justifique hacer determinadas concesiones en busca del bienestar, de una razonable comodidad, pero siempre y cuando no constituyan claudicaciones que les atribuirán de modo gradual y progresivo un mayor poder a los robots y los artefactos de inteligencia artificial.
La idea de la resistencia ética proyectiva, en que he venido insistiendo, tiene pertinencia en esta discusión: Resistir y proyectar, asegurar el respeto y la salvaguarda de nuestro ámbito particular y nuestras capacidades de interacción con los demás, mantener bajo control a los robots y rehusar cualquier posibilidad de acabar convertidos en simples y degradados sujetos carentes de independencia y sometidos a un dominio deshumanizante. He ahí el gran desafío.

sábado, 17 de agosto de 2019

PUNTAJE EN LAS REDES Y RÁNQUINES...


LA IDENTIDAD AMENAZADA

Por Juan José García Posada

Comentario posterior a la clase sobre la pérdida de identidad en las plataformas informáticas y las redes sociales. El caso de la estrategia de acreditación social en China y el episodio de la serie Black mirror.

En las dos clases anteriores hemos afrontado el tema nuclear de las amenazas contra la identidad. La identidad personal, tratada con el ejemplo patético e inquietante del episodio de la serie Black Mirror, titulado Caída en picada. Asímismo, con la referencia a la estrategia de control de los ciudadanos instrumentada en China con el nombre de acreditación social, que parece una reproducción, corregida y aumentada, de la situación descrita en el episodio visto. Y la identidad profesional, es decir la pérdida gradual y progresiva de la naturaleza esencial de la profesión periodística, por causa de la profusión y la multiplicidad de contenidos que se emiten y circulan por las plataformas informáticas y las redes sociales, que ocasionan confusión sobre lo que es y lo que no es periodístico y, por consiguiente, sobre lo que es consecuente o no lo es con el deber ser ético de nuestra profesión.

¿Se trata de un problema nuevo, emergente, sobreviniente, o por el contrario estamos presenciando la potenciación de un fenómeno que ha surgido y ha venido expandiéndose desde el comienzo mismo del periodismo y la comunicación? ¿Antes de la internet, de las plataformas informáticas y de las redes sociales no había, acaso, amenazas contra la identidad propia del periodismo y la comunicación, y no las había tampoco en contra de la identidad de las personas? ¿La aplicación de métodos de control ciudadano apenas ha aparecido en los años recientes, como demostración de la presencia dominante, controladora y absorbente del llamado Gran Hermano de Orwell en su novela 1984?

¿La vigilancia invisible pero real y permanente de un ente que sigue nuestros pasos, dirige nuestros pensamientos y premia o castiga, apenas empezó con la internet, las plataformas informáticas y las redes sociales, o está actuando desde tiempos indefinibles, es decir desde cuando la sociedad humana empezó a ser regulada, gobernada y controlada por el poder y los aparatos que lo respaldan, en cualquiera de sus concepciones y manifestaciones? ¿Cuáles son las diferencias entre el control actual en la China con su sistema de acreditación al estilo del episodio de Black Mirror y el control de los individuos en tiempos del Imperio Romano?

Desde los consejos de Maquiavelo al Príncipe está claro que el primer deber del gobernante consiste en sostenerse en el poder. Para conseguirlo apela a todos los métodos, incluidos los legítimos, que le permitan ejercer la autoridad y modular o recortar las libertades. El dilema actual entre seguridad y libertad, que se ha acentuado a partir de la intensificación de las disposiciones preventivas y represivas aplicadas en las fronteras, por ejemplo en las oficinas de inmigración de los Estados Unidos y de la gran mayoría de los países, para evitar al máximo la amenaza terrorista, no es algo nuevo y desconocido. Siempre ha estado latente en las discusiones sobre el equilibrio entre esos dos valores.

Si se pretende ser libre es preciso graduar la seguridad. Y si se pretende estar seguro también es necesario modular la libertad. Libertad y seguridad sólo conviven y armonizan cuando una y otra se morigeran, se gradúan, para que haya un equilibrio razonable. No hay libertad ni seguridad en términos absolutos. La libertad absoluta conduce a la anarquía. La seguridad absoluta equivale a la tiranía, al despotismo y, como el nombre lo indica, al autoritarismo.

Con la evolución de los conceptos y las teorías de ingeniería social y la invención y adopción de las más avanzadas tecnologías, el control de la libertad puede ser más sutil e imperceptible, así como el de la seguridad también está dotado de técnicas sofisticadas cuyo conocimiento no está al alcance de todos los ciudadanos. Y en el supuesto en que se conozcan, evitarlas o frenarlas se convierte en algo casi imposible, debido a la fortaleza con que se establecen y se imponen. ¿Quién puede garantizarnos, por ejemplo, a los habitantes de una ciudad como Medellín, que las cámaras de vigilancia sólo se utilicen para disminuír la acción delictiva y reducir las posibilidades de los rateros, carteristas, ladrones de celulares y bicicletas o raponeros, y no para mantener, bajo alguna administración que tenga vocación despótica, un control de los movimientos de los ciudadanos para clasificarlos y mantenerlos en estado de docilidad y obediencia que reduzcan las libertades de movilización e incluso de expresión? Ninguna ciudad, ningún país están libres de la dominación totalitaria en forma total o parcial. Lo primero que los regímenes despóticos ponen bajo control es la libertad en sus distintas dimensiones: La libertad de expresión, la de movilización, la de acceso a la información, etc.

Por supuesto que las libertades están bajo amenaza progresiva en la medida en que se incrementen las capacidades de usar la tecnología y los responsables de políticas subrepticias, clandestinas, de ingeniería social, aumenten su poder de acción, gracias en gran parte a la indefensión y el desconocimiento de los mismos ciudadanos.

Pero además, no es exacto atribuirles el uso del poder sólo a los gobernantes de turno. También pueden tener dominio complejas organizaciones privadas y facciones delictivas interesadas en el control de los ciudadanos. La clasificación puede resultar complicada y extensa. Sin embargo, podemos intentar una aproximación: El manejo de algoritmos en las llamadas redes sociales e internet, y no es ningún secreto, sirve para identificar gustos, preferencias, tendencias y actitudes de los ciudadanos en la condición de usuarios y consumidores de bienes y servicios. No nos sorprendemos ya cuando, después de haber optado en Facebook por algún anuncio de agencias de viajes o de empresas aéreas, empezamos a recibir persistentes notificaciones relacionadas con el tema. Este solo ejemplo, entre muchísimos más, nos muestra cómo el mercadeo, la publicidad y las ventas, también utilizan métodos de control afines a los que hemos advertido en los ejemplos analizados.

Esa forma de orientación de los consumidores ya forma parte de la cotidianidad. Pero hay otras formas que por lo regular no advertimos: ¿Quién puede negar que alguna estructura criminal, alguna banda delictiva, esté haciéndole seguimiento a alguien para estudiar sus movimientos, sus actitudes y tendencias y sus gustos o pareceres, sus capacidades económicas y demás, con el fin de convertir a esa persona en víctima de un delito? En otros términos, la amenaza contra la identidad comporta una amenaza contra la seguridad personal, contra la integridad individual, familiar, grupal o colectiva. Y no son advertencias imaginarias ni traídas de los cabellos. Están latentes en la vida diaria.

Y desde un punto de vista menos pesimista, negativo, catastrofista, digamos que, así como va perdiéndose la identidad individual, como en el caso de la protagonista del episodio visto y analizado, también se pierde la identidad del medio o la empresa periodística o de comunicación, por ejemplo con la aceptación muchas veces obsesiva y además obediente de los métodos de medición de sintonía, de audiencia, etc., que imponen ganancia o pérdida de puntaje en los ránquines respectivos. Así como el ciudadano puede perder puntos en el ranquin de Facebook, por ejemplo, también los pierde el medio de comunicación que traza sus actividades profesionales en función del aumento de puntos en el ranquin de sintonía o audiencia, no importa si hace concesiones que desvirtúen sus principios, normas y propósitos éticos. En tales condiciones, cede en materia de servicio para evitar la pérdida en cuestión de beneficios transitorios, ocasionales. Acaba por subordinar el deber a la conveniencia pasajera. Pierde su identidad. Se desnaturaliza. No es un asunto nuevo. Viene de tiempo atrás, aunque va creciendo, multiplicándose. ¿Qué hacer, cómo pensar y obrar para frenar esas potentes amenazas? Ahí está el problema.