LA IDENTIDAD AMENAZADA
Por Juan José García Posada
Comentario posterior a la clase sobre la pérdida
de identidad en las plataformas informáticas y las redes sociales. El caso de
la estrategia de acreditación social en China y el episodio de la serie Black
mirror.
En las dos clases anteriores
hemos afrontado el tema nuclear de las amenazas contra la identidad. La
identidad personal, tratada con el ejemplo patético e inquietante del episodio
de la serie Black Mirror, titulado Caída en picada. Asímismo, con la referencia
a la estrategia de control de los ciudadanos instrumentada en China con el
nombre de acreditación social, que parece una reproducción, corregida y
aumentada, de la situación descrita en el episodio visto. Y la identidad
profesional, es decir la pérdida gradual y progresiva de la naturaleza esencial
de la profesión periodística, por causa de la profusión y la multiplicidad de
contenidos que se emiten y circulan por las plataformas informáticas y las
redes sociales, que ocasionan confusión sobre lo que es y lo que no es
periodístico y, por consiguiente, sobre lo que es consecuente o no lo es con el
deber ser ético de nuestra profesión.
¿Se trata de un problema nuevo,
emergente, sobreviniente, o por el contrario estamos presenciando la
potenciación de un fenómeno que ha surgido y ha venido expandiéndose desde el
comienzo mismo del periodismo y la comunicación? ¿Antes de la internet, de las
plataformas informáticas y de las redes sociales no había, acaso, amenazas
contra la identidad propia del periodismo y la comunicación, y no las había
tampoco en contra de la identidad de las personas? ¿La aplicación de métodos de
control ciudadano apenas ha aparecido en los años recientes, como demostración
de la presencia dominante, controladora y absorbente del llamado Gran Hermano
de Orwell en su novela 1984?
¿La vigilancia invisible pero
real y permanente de un ente que sigue nuestros pasos, dirige nuestros
pensamientos y premia o castiga, apenas empezó con la internet, las plataformas
informáticas y las redes sociales, o está actuando desde tiempos indefinibles,
es decir desde cuando la sociedad humana empezó a ser regulada, gobernada y
controlada por el poder y los aparatos que lo respaldan, en cualquiera de sus
concepciones y manifestaciones? ¿Cuáles son las diferencias entre el control
actual en la China con su sistema de acreditación al estilo del episodio de
Black Mirror y el control de los individuos en tiempos del Imperio Romano?
Desde los consejos de Maquiavelo
al Príncipe está claro que el primer deber del gobernante consiste en
sostenerse en el poder. Para conseguirlo apela a todos los métodos, incluidos
los legítimos, que le permitan ejercer la autoridad y modular o recortar las
libertades. El dilema actual entre seguridad y libertad, que se ha acentuado a
partir de la intensificación de las disposiciones preventivas y represivas
aplicadas en las fronteras, por ejemplo en las oficinas de inmigración de los
Estados Unidos y de la gran mayoría de los países, para evitar al máximo la
amenaza terrorista, no es algo nuevo y desconocido. Siempre ha estado latente
en las discusiones sobre el equilibrio entre esos dos valores.
Si se pretende ser libre es
preciso graduar la seguridad. Y si se pretende estar seguro también es
necesario modular la libertad. Libertad y seguridad sólo conviven y armonizan
cuando una y otra se morigeran, se gradúan, para que haya un equilibrio
razonable. No hay libertad ni seguridad en términos absolutos. La libertad
absoluta conduce a la anarquía. La seguridad absoluta equivale a la tiranía, al
despotismo y, como el nombre lo indica, al autoritarismo.
Con la evolución de los conceptos
y las teorías de ingeniería social y la invención y adopción de las más
avanzadas tecnologías, el control de la libertad puede ser más sutil e
imperceptible, así como el de la seguridad también está dotado de técnicas
sofisticadas cuyo conocimiento no está al alcance de todos los ciudadanos. Y en
el supuesto en que se conozcan, evitarlas o frenarlas se convierte en algo casi
imposible, debido a la fortaleza con que se establecen y se imponen. ¿Quién
puede garantizarnos, por ejemplo, a los habitantes de una ciudad como Medellín,
que las cámaras de vigilancia sólo se utilicen para disminuír la acción
delictiva y reducir las posibilidades de los rateros, carteristas, ladrones de
celulares y bicicletas o raponeros, y no para mantener, bajo alguna
administración que tenga vocación despótica, un control de los movimientos de
los ciudadanos para clasificarlos y mantenerlos en estado de docilidad y
obediencia que reduzcan las libertades de movilización e incluso de expresión? Ninguna
ciudad, ningún país están libres de la dominación totalitaria en forma total o
parcial. Lo primero que los regímenes despóticos ponen bajo control es la
libertad en sus distintas dimensiones: La libertad de expresión, la de
movilización, la de acceso a la información, etc.
Por supuesto que las libertades
están bajo amenaza progresiva en la medida en que se incrementen las
capacidades de usar la tecnología y los responsables de políticas subrepticias,
clandestinas, de ingeniería social, aumenten su poder de acción, gracias en
gran parte a la indefensión y el desconocimiento de los mismos ciudadanos.
Pero además, no es exacto
atribuirles el uso del poder sólo a los gobernantes de turno. También pueden
tener dominio complejas organizaciones privadas y facciones delictivas
interesadas en el control de los ciudadanos. La clasificación puede resultar
complicada y extensa. Sin embargo, podemos intentar una aproximación: El manejo
de algoritmos en las llamadas redes sociales e internet, y no es ningún
secreto, sirve para identificar gustos, preferencias, tendencias y actitudes de
los ciudadanos en la condición de usuarios y consumidores de bienes y
servicios. No nos sorprendemos ya cuando, después de haber optado en Facebook
por algún anuncio de agencias de viajes o de empresas aéreas, empezamos a
recibir persistentes notificaciones relacionadas con el tema. Este solo
ejemplo, entre muchísimos más, nos muestra cómo el mercadeo, la publicidad y
las ventas, también utilizan métodos de control afines a los que hemos
advertido en los ejemplos analizados.
Esa forma de orientación de los
consumidores ya forma parte de la cotidianidad. Pero hay otras formas que por
lo regular no advertimos: ¿Quién puede negar que alguna estructura criminal,
alguna banda delictiva, esté haciéndole seguimiento a alguien para estudiar sus
movimientos, sus actitudes y tendencias y sus gustos o pareceres, sus
capacidades económicas y demás, con el fin de convertir a esa persona en víctima
de un delito? En otros términos, la amenaza contra la identidad comporta una
amenaza contra la seguridad personal, contra la integridad individual,
familiar, grupal o colectiva. Y no son advertencias imaginarias ni traídas de
los cabellos. Están latentes en la vida diaria.
Y desde un punto de vista menos
pesimista, negativo, catastrofista, digamos que, así como va perdiéndose la
identidad individual, como en el caso de la protagonista del episodio visto y
analizado, también se pierde la identidad del medio o la empresa periodística o
de comunicación, por ejemplo con la aceptación muchas veces obsesiva y además
obediente de los métodos de medición de sintonía, de audiencia, etc., que
imponen ganancia o pérdida de puntaje en los ránquines respectivos. Así como el
ciudadano puede perder puntos en el ranquin de Facebook, por ejemplo, también
los pierde el medio de comunicación que traza sus actividades profesionales en
función del aumento de puntos en el ranquin de sintonía o audiencia, no importa
si hace concesiones que desvirtúen sus principios, normas y propósitos éticos.
En tales condiciones, cede en materia de servicio para evitar la pérdida en
cuestión de beneficios transitorios, ocasionales. Acaba por subordinar el deber
a la conveniencia pasajera. Pierde su identidad. Se desnaturaliza. No es un
asunto nuevo. Viene de tiempo atrás, aunque va creciendo, multiplicándose. ¿Qué
hacer, cómo pensar y obrar
para frenar esas potentes amenazas? Ahí está el problema.