miércoles, 12 de febrero de 2020

Reflexión sobre Ética Profesional


POR UN PERIODISMO JUSTO

Por JUAN JOSÉ GARCÍA POSADA
Ponencia para el curso de Ética Profesional y la sesión del Coloquio de los Libros. Miércoles 12 de febrero de 2020.

En la teoría y la práctica del periodismo hemos sido negligentes para reconocer que la producción de contenidos informativos y orientadores desde los medios de comunicación tiene unas dimensiones de justicia y equidad. En las reflexiones éticas y en la misma normatividad se ha minimizado el concepto según el cual pensar y hacer periodismo comporta efectuar un acto de justicia. Si se pretende contribuir a la cabal realización de un derecho humano fundamental vinculado con las libertades de expresión y opinión, el criterio sobre lo que es justo y lo que es injusto, sobre el comportamiento equitativo en el tratamiento de los hechos de actualidad y trascendencia no puede convertirse en cuestión irrelevante. Es asunto de primer orden, sin el cual se envuelve el periodismo en una atmósfera de engaño incompatible con la responsabilidad de diferenciar entre lo verdadero y lo falso, es decir entre la veracidad y la falsedad de la percepción y la versión sobre los episodios narrables y editables de la realidad actual, de las noticias, los relatos y los comentarios atinentes al acontecer en el aquí y ahora de una sociedad.
La proliferación de las falsas verdades o fake news, de los bulos y las informaciones que desfiguran y tergiversan los hechos originales y ponen el deber de informar al servicio de intereses contrarios a los criterios esenciales inherentes a la razón de ser de la cultura profesional del periodismo, son manifestaciones enfermizas del descuido por lo que es fundamental en la concepción filosófica y en el planteamiento ético de la profesión como servicio justo y equitativo, comprometido con el tratamiento de los hechos de modo proporcional a su real importancia, con ajuste preciso a las motivaciones y circunstancias y en relación exacta con las verdaderas expectativas, necesidades, preguntas e interpelaciones de las audiencias, de los ciudadanos como lectores, oyentes, televidentes o cibernautas.
Como no hay una sintonía razonable entre la versión informativa de los hechos y su magnitud, como se sobredimensionan o subdimensionan, se aumentan o se disminuyen y silencian los temas y personajes, para acomodarlos a decisiones editoriales arbitrarias y apoyadas en intereses y tendencias que se separan de la naturaleza y las características objetivas de los hechos, como se pretende que la realidad fuera como quisiéramos que fuera y no como lo es, se pierde entonces la proporcionalidad propia de la difusión equitativa de las respuestas a las interpelaciones habituales de la gente. Y por consiguiente, se diluye el deber de incidir de modo eficiente en la selección de lo verdadero y lo falso, lo real y lo ficticio. Tal manejo desproporciondo de la actividad profesional degenera en un periodismo injusto e inequitativo.
Respaldo los planteamientos anteriores sobre la justicia y la equidad en el periodismo, en las ideas que expuso el profesor y jurista José María Desantes Guanter cuando escribió sobre el Derecho de la Información: Él reconoció en la actividad periodística una forma concreta de hacer justicia, ya que el informador le permite al público el acceso a una información que este tiene derecho a conocer para desenvolverse en forma adecuada en la sociedad.
Desantes pensó que la justicia y la información son valores relacionales, que ponen en comunicación a los hombres entre sí y a cada uno de ellos con la comunidad: "Y entre comunidad y comunicación hay una relación estrecha: No hay comunicación sin comunidad y no hay comunidad sin comunicación. (…) El deber del informador consiste en dar a cada uno la información porque es suya. El acto informativo, que es el acto propio del deber de informar, es así, fundamentalmente y entre otras cualidades accidentales, un acto de justicia".
Esa relación entre la decisión editorial y la justicia y la equidad es la que hemos dejado perder en el maremagno de la información por lo regular inútil e insustancial. La falsa creencia en que estar muy informado equivale a estar bien informado es parte del desarrollo explosivo de medios y tecnologías de la comunicación y de la expansión vertiginosa del negocio no siempre legítimo de informar, que sobrepone intereses monetarios, políticos y egoístas a los fines éticos del periodismo. Y contribuye, además, esa abundancia desmesurada de información, al manejo caprichoso de la cantidad como valor con subestimación de la calidad y la razonabilidad de los contenidos.

El filósofo coreano Byung-Chul Han ha denominado la abundancia de información inútil como un síntoma del cansancio de la información. En su libro En el enjambre, que puede adquirirse en la Librería de la UPB y leerse incluso en la internet, dice, a propósito:
"El cansancio de la información es la enfermedad psíquica que se produce por un exceso de información. Los afectados se quejan de creciente parálisis de la capacidad analítica, perturbación de la atención, inquietud general e incapacidad de asumir responsabilidades. Este concepto fue acuñado en 1996 por el psicólogo crítico David Lewis. El síndrome afectaba en primer lugar a aquellos hombres que tenían que producir una gran cantidad de información durante mucho tiempo. Hoy todos estamos afectados por el síndrome y la razón es que todos estamos confrontados con una información que aumenta velozmente".
"Un síntoma principal es la parálisis de la capacidad analítica. Precisamente la capacidad analítica constituye el pensamiento. El exceso de información hace que se atrofie el pensamiento. La capacidad analítica consiste en prescindir, en el material de la percepción, de todo lo que no pertenece esencialmente a la cosa. El diluvio de información al que hoy en día estamos expuestos disminuye sin duda la capacidad de reducir las cosas a lo esencial.
Más información no conduce necesariamente a mejores decisiones. Hoy se atrofia precisamente la facultad superior de juicio por la creciente cantidad de información... Cuanta más información se pone a disposición, más impenetrable se hace el mundo, más aspecto de fantasma adquiere. En un determinado punto, la información ya no es informativa, sino deformativa: La comunicación ya no es comunicativa, sino acumulativa".

Los invito a que nos detengamos en esa reflexión y la pongamos en lugar preeminente de nuestras diarias discusiones sobre la ética y la razón de ser de la comunicación y el periodismo.

Del mismo pensador Byung-Chul Han quiero citar estas consideraciones que explana en la misma obra ya citada, En el enjambre, muy apropiada para pensar en las llamadas redes sociales: ¿De que modo la revolucion digital, internet y las redes sociales han transformado la sociedad y las relaciones? Han analiza las diferencias entre la masa clásica y la nueva masa, a la que llama el enjambre digital: "El enjambre digital, a diferencia de la masa clásica, consta de individuos aislados, y carece de alma, de un nosotros capaz de andar en una dirección o emprender una acción política común. La hipercomunicación digital nos aleja más del otro, bajo la ilusión que nos acerca, y destruye el silencio que necesita el alma para reflexionar y ser ella misma. Se percibe sólo ruido, sin sentido, sin coherencia. Todo ello impide la formación de un contrapoder que pudiera cuestionar el orden establecido, que adquiere así rasgos totalitarios. El hombre teclea en lugar de actuar, dice Han. Hemos sometido las máquinas que nos explotaban, pero ahora son los aparatos digitales los que nos esclavizan, transformando todo lugar en un lugar de trabajo". (Esto podría servirnos para discutir sobre la pertinencia de la nueva moda de gobernar por twitter, como si fuera un rasgo distintivo en las actuales democracias).

Démosle un vistazo más al pasado, que nos ayuda a verificar cómo sí ha habido una declinación, un retroceso, en los razonamientos y la práctica del periodismo. Recordemos el célebre Informe Hutchins, pensado por un grupo de intelectuales de la Universidad de Chicago y liderado por su rector Robert Hutchins. Tal documento marcó un hito en la definición de un periodismo que no sólo buscara ser libre y veraz, como se había insistido hasta entonces, sino que además fuera socialmente responsable. El informe, que data de 1947, es decir en momentos en que surgía el humanismo jurídico, se tituló A Free and Responsible Press. En aquel entonces no se valoró lo suficiente el Informe. Pero con el paso del tiempo, las críticas que implicaba al periodismo y la urgencia de hacer un replanteamiento de fondo de la teoría y la practica de la profesión, han impelido a editores, profesores y periodistas estadinenses a reconocer que ha sido una contribución que sostiene su importancia para la comprensión del deber ser ético de la profesión.
El Informe Hutchins fijó entonces Cinco responsabilidades del periodismo libre, que deberían recobrar vigencia:
1. Proporcionar información verdadera, completa e inteligente de los sucesos del día dentro de un contexto que les dé sentido.
2. Servir de foro para el intercambio de comentarios y críticas.
3. Servir de medio para dar a conocer las opiniones y actitudes de los diversos grupos que constituyen la sociedad.
4. Presentar y clarificar las metas y valores de la sociedad.
5. Velar por que cada miembro de la sociedad tenga pleno acceso a toda la información pública.

¿Pero cómo y por qué enfatizar en el periodismo con justicia y equidad, en tiempos de confusión, de distorsión de los principios y valores fundamentales de la profesión, de olvido o subestimación de lo esencial de la ética y de pérdida de la proporcionalidad en el tiempo y el espacio que distancian de lo justo y equitativo y por consiguiente de la responsabilidad social que va más allá de la libertad y la veracidad?
Los cinco puntos recomendados por el Informe Hutchins como bases de las estrategias  periodísticas siguen orientando los razonamientos sobre el deber ser ético y las diferentes formas de normatividad en códigos, manuales de estilo y demás instrumentos autorreguladores de la actividad profesional.
En ese deber de autorregulación, que presupone control autónomo desde el periodismo, está una clave de la independencia con que la profesión, realizada por los periodistas, los medios y agremiaciones y las universidades, está llamada a conjurar la censura previa, las restricciones externas y los controles que puedan intentarse desde sectores del Estado y la sociedad civil que pretendan dirigir la actividad periodística. La autorregulación o el autocontrol como instrumento legítimo refuerzan la autonomía, la libertad y la responsabilidad social para asumir las consecuencias de las decisiones editoriales. Decisiones que, tal como queda dicho, deben tener un componente de justicia y equidad.
El filósofo norteamericano Richard Rorty se ha catalogado como uno de los mentores del llamado neopragmatismo. Defiende la autorregulación como blindaje de la autonomía de los medos de comunicación, que mediante su influencia creciente moldean la vida en las esferas pública y privada, en la pública en los campos de la cultura, la economía y la política, y en la privada en las rutinas y costumbres familiares y grupales, en la organización del tiempo de ocio y en los hábitos de consumo. Al mismo tiempo arrecian las críticas sobre las desviaciones de los medios, como lo hace con insistencia Chomsky al señalar la búsqueda del beneficio por encima del servicio. En una interpretación de las tesis de Rorty, el profesor José María Filgueiras dice en un artículo de la revista Razón y Palabra que “a estas inquietudes teóricas debemos añadir también la preocupación, cada vez más extendida en las sociedades contemporáneas, de que los medios utilizan el poder de que disponen para su propio beneficio, y no para beneficio del conjunto de la comunidad social. La actual concentración de poder mediático en unas pocas manos es un elemento de preocupación añadido. Ante este panorama, una reacción que nos parece especialmente interesante, pues excluye el total rechazo de los medios sin caer en alabanzas acríticas, es poner el acento en la ética de la comunicación y el periodismo”.
Y la ética, cimentada sobre las bases de justicia y equidad. Las decisiones editoriales y la ejecución de la llamada agenda informativa deben ser justas y equitativas y sintonizarse con las interpelaciones y expectativas de las audiencias, de los ciudadanos como lectores, oyentes, televidentes o cibernautas, de tal modo que la actividad periodística en el tratamiento habitual de los hechos de actualidad no sea una imposición unilateral sino el resultado de la auscultación, interpretación y comprensión de las verdaderas motivaciones sociales. Así pueden conjurarse modos viciados de informar como los que se reeditan cada día cuando se distrae la atención de los ciudadanos con temas irrelevantes, se actúa con el empecinamiento de contrariar la voluntad general y torcer decisiones mayoritarias tomadas dentro del llamado libre juego democrático, se utilizan la información y la opinión como instrumentos de manipulación y desviación tendenciosa hacia modos engañosos de lectura y comprensión de las realidades actuales y se hacen concesiones de la independencia en beneficio de los grupos políticos y de presión y los organismos de poder, con subestimación de la justa y equitativa generación de contenidos proporcionados a las circunstancias reales.
Para Rorty, la justicia, y este concepto es aplicable a la reflexión sobre el periodismo, se hace posible a partir de la lealtad ampliada. Hay una lealtad debida a uno mismo, a la propia cultura profesional y a los demás, en especial a los próximos. El filósofo neopragmático habla del círculo de nuestras lealtades morales y dice, citado por Filgueiras: “Los seres humanos solemos tener un círculo de personas, generalmente un grupo pequeño (como la familia o la comunidad más inmediata), en las cuales confiamos y por las que nos preocupamos especialmente. Nuestra lealtad a estas personas es indiscutible, y constituye gran parte de nuestra identidad moral, como lo muestra el hecho de que dicha lealtad no necesita de coerción alguna para ser ejercida, pues surge de manera espontánea. También somos leales a grupos más grandes, que se extienden concéntricamente a partir de nuestro círculo más íntimo. Estos grupos pueden ser desde los compañeros de trabajo o los vecinos de nuestro pueblo, hasta nuestros compatriotas, el conjunto de la humanidad o incluso todos los seres vivos”.
Se es justo, entonces, desde el periodismo, cuando el círculo de las lealtades se expande y deja de comprender sólo a los más cercanos, para extenderse a toda la sociedad, en su diversidad y su dinamismo. Es entonces cuando se pasa del ensimismamiento egoísta al altruismo y la actividad periodística no está validada sólo por el servicio a intereses particulares sino que se amplía a los propósitos, fines y objetivos generales, si se quiere al bien común general. Es en estos términos como podemos captar y comprender el concepto de la responsabilidad social, que trasciende los límites rígidos de la cultura profesional y la enriquece con el la adopción del compromiso con la generalidad de los ciudadanos.
Un periodismo marcado por la injusticia y la inequidad, por la tendencia acentuada a la desproporción mentirosa en el tratamiento de los hechos de actualidad, no puede hacer que valga el valor de la verdad, ni puede ser consecuente con sus principios fundantes, como los de la libertad y la independencia. Justicia y equidad, condiciones primordiales para desarrollar el extenso catálogo de los asuntos que demandan atención para el cabal tratamiento de los temas de actualidad, sin las cuales la ética se esfuma hasta tornarse en entelequia o en figura ilusoria y fantástica y de realización imposible. Un periodismo despojado de criterio justo y equidad es la negación de la razón de ser de nuestra profesión.

Fuentes de consulta
Byung-Chul Han. En el enjambre. Editorial Herder. 2014.
Desantes Guanter, José María. Fundamentos del derecho de la información. Confederación Española de Cajas de Ahorros. 1977.
Filgueiras, José María. El periodista, forjador de justicia. Revista Razón y Palabra. México. 2009.
Lecaros, María José. Contenido y conclusiones de la Comisión Hutchins. Cuadernos de Información, Facultad de Comunicaciones, U. Católica de Chile. 1984.
Rorty, Richard. Objetividad, relativismo y verdad. Editorial Paidós Ibérica. 1996.










miércoles, 11 de diciembre de 2019

APRENDAMOS A PROTESTAR



Por JUAN JOSÉ GARCÍA POSADA

El progreso es la obra de los descontentos. Esta máxima puede ser norma de vida. Pero hay que entenderla para aplicarla de modo inteligente y evitar que se convierta en incitación al sacrificio inútil y la lucha estéril. El descontento es fuente de progreso si se basa en un porqué y un para qué, si parte de un principio racional y una finalidad éticos. Ser y estar descontento comporta una decisión y una actitud vital inteligentes, no un desahogo simplista e infructuoso, que suele originar retroceso, además de los daños propios de las acciones alocadas, primitivas, violentas, vacías de argumentación y de motivos respetables y convincentes.

Que protestar es un derecho en una sociedad abierta, en una democracia liberal, que no en un sistema totalitario, por supuesto que sí. Pero un derecho que tiene, como tal, un contenido valorativo. La protesta del menor caprichoso y malcriado no puede compararse con la del individuo autónomo, que ha alcanzado la mayoría de edad, que se ha ganado la facultad de ser libre y escoger lo que deba hacerse, no aquello a lo que lo empujen los resabios, los sentimientos y emociones alborotados, los consejos malintencionados de compañeros o tutores habituados a manipular, a lavar cerebros, a forzar conciencias apoyados en el poder que se arrogan por su jerarquía formal en la orientación o la docencia, desde la primaria hasta la vida en la universidad.

Cómo se nota, con motivo de tantas y tan enredadas formas de protesta de estos días, que falta aprender a protestar. La vergonzosa descalificación internacional en las pruebas Pisa, que relega a Colombia a la premodernidad, se explica en parte por las graves deficiencias en comprensión de lectura: En este país se leen y se graban titulares, se cree en falsas noticias y versiones tendenciosas, se cambian verdades por mentiras. El malestar, el descontento, no pasa de ser un estado confuso de ánimo, cuyas causas y consecuencias no se interpretan, porque rara vez se procura ir más allá de la representación insustancial, superficial e inmediatista de la catarata de los hechos vaciada por una forma de periodismo cada vez más proclive a envilecer esta profesión entrañable, si se contamina al confundirse con las cañerías por las que corren y suben las aguas turbias de las llamadas redes sociales.

Aprender a protestar nos toca a todos. Educar para que la protesta no sea la validación del error, la insensatez y la mentira, es punto esencial de las responsabilidades éticas inherentes a todo el sistema educativo. Incluidos los medios periodísticos y los periodistas. Educar, para que la obra de los descontentos y constructores de un mundo mejor no se malogre por la malicia y la mala fe de manipuladores tenebrosos e irresponsables.

Columna Teclado, El Colombiano, lunes 9 de diciembre de 2019




miércoles, 28 de agosto de 2019

Cuestiones y respuestas

¿Es recomendable que el Director de un medio periodístico al escoger su nómina de columnistas imponga sus preferencias políticas e ideológicas, de tal modo que todos, o en su mayor parte, estén de acuerdo con sus orientaciones editoriales?


Esa es una actitud anacrónica. No se ajusta al concepto actual de periodismo de opinión. El equilibrio es un factor determinante del adecuado manejo de una sección en la que estén actuando los comentaristas. Si no lo hay, se rompe la ponderación y se incurre en el grave error de darles prioridad a quienes opinan en favor del mismo Director. El periodismo de opinión, entendido hoy en día como una propuesta de conversación ilustrada, como un trabajo destinado a buscar el sentido verdadero de los hechos y promover el diálogo con las audiencias, no tiene por qué matricularse en una sola línea política. Credibilidad y confiabilidad son dos cualidades que no deben desdeñarse y que pueden perderse cuando al lector le queda la impresión o la sospecha de que está siendo manipulado. Más todavía, sean cuales fueren los modos de pensar de los columnistas o comentaristas, que no todos tienen por qué ser periodistas, entre ellos y la Dirección es preciso que haya una cooperación armónica, por medio de la cual se prevén soluciones a posibles conflictos y se asegura una relación clara, seria, responsable y profesional.



¿Es aceptable que se le atribuya el título de periodista a alguien que actúa como columnista en un medio periodístico, aunque su profesión es diferente del periodismo?



No sólo no es aceptable sino que debería ser ilícito. La usurpación de funciones profesionales debería ser penalizada. Por supuesto que los columnistas o comentaristas de un medio periodístico no todos son periodistas. Deben aceptar la cultura profesional del periodismo, pero deben tener muy claro que no tienen derecho a arrogarse la condición de periodistas.






viernes, 23 de agosto de 2019

ANTE LOS ROBOTS Y LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL


EL DESAFÍO DE SOSTENER
LA CONDICIÓN HUMANA

Por Juan José García Posada

¿Qué actitud sea la que debamos asumir ante la presencia de robots que estarían disputándonos funciones profesionales y de unas formas de inteligencia artificial que podrían ponernos en jaque en nuestra condición de seres humanos?
No es posible hacer precisiones o afirmaciones inmodificables. Debemos elaborar conjeturas hacer presunciones, porque estamos todavía, a pesar de la inminencia de las manifestaciones de la Cuarta Revolución Industrial, en el campo de lo estimativo e hipotético.
Sin pretender que estas consideraciones sean indiscutibles, pues se trata de puntos de vista muy personales y basados en buena parte en la observación y la experiencia, creo que lo esencial consiste en identificar las reales amenazas contra la libertad y las prerrogativas fundamentales del ser humano como individuo activo e influyente en la sociedad. Así mismo, establecer las posibles opciones para afrontar tales amenazas.
Una de ellas es el desplazamiento, quizás la marginación del individuo, sugestionado por el nuevo estatus cómodo que facilitan los robots, pero también relegado a la condición de espectador pasivo y con unas posibilidades cada vez más limitadas de intervención en el control de la vida privada y, por supuesto, de la vida profesional en la esfera pública.
La reducción del ámbito de competencia y de acción del individuo puede ser tentadora. Poco a poco y de modo imperceptible, vamos cediendo funciones, desde las elementales hasta las complejas, en la creencia engañosa de que somos beneficiarios de las innovaciones tecnológicas en materia de robótica e inteligencia universal.
El aperezamiento por la agradable posibilidad de manejar todo mediante un aparato de control sin necesidad de movernos de un sitio confortable de trabajo, ha de ser, entonces, un factor determinante, a mediano y largo plazo, de nuestra derrota como seres humanos.
Acabaríamos convirtiéndonos en personas inhábiles, atrofiadas para retomar nuestras labores habituales, por falta de uso de nuestras propias capacidades. Al delegarle a un robot y a un sistema tecnológico inteligente hasta las tareas más sencillas, vamos ganando, es cierto, en la ampliación placentera del tiempo de ocio. Pero así mismo vamos perdiendo la agilidad y las habilidades indispensables para sostener un tiempo y un espacio propicios para las actividades laborales y las funciones inherentes a nuestra condición.
Y llegará, por consiguiente, el día en que nos veremos convertidos en sujetos en el sentido literal del vocablo: Sujetos, retenidos, agarrados, tomados, sostenidos y controlados por otras fuerzas potentes, inevitables y dominadoras. Tal es la condición engañosa del sujeto: No es tan autónomo como parecería, puesto que está sujeto, está sujetado, está gobernado, controlado y por consiguiente pierde autonomía.
El nuevo dilema es el de acción o comodidad. Si actuamos estaremos perdiendo comodidad, pero en la medida en que pretendamos estar más cómodos perderemos capacidad de acción y autonomía, así como habilidad para movernos en nuestro propio entorno.
En uno de los videos se habla sobre el miedo a la muerte como una de las notas distintivas del ser humano confrontado con el robot. Hablemos, de modo quizás menos patético, del miedo a la pérdida de capacidad de acción. En la medida en que vamos observando ejemplos de desplazamiento, de reemplazo en nuestras funciones, de reducción de las oportunidades laborales, en esa misma medida seremos temerosos de una derrota final, la derrota de lo humano.
De ahí, entonces, que la principal decisión debe ser la afirmación de la condición humana, de la autonomía y la responsabilidad y de los derechos inherentes a la persona. Es obvio que se justifique hacer determinadas concesiones en busca del bienestar, de una razonable comodidad, pero siempre y cuando no constituyan claudicaciones que les atribuirán de modo gradual y progresivo un mayor poder a los robots y los artefactos de inteligencia artificial.
La idea de la resistencia ética proyectiva, en que he venido insistiendo, tiene pertinencia en esta discusión: Resistir y proyectar, asegurar el respeto y la salvaguarda de nuestro ámbito particular y nuestras capacidades de interacción con los demás, mantener bajo control a los robots y rehusar cualquier posibilidad de acabar convertidos en simples y degradados sujetos carentes de independencia y sometidos a un dominio deshumanizante. He ahí el gran desafío.

sábado, 17 de agosto de 2019

PUNTAJE EN LAS REDES Y RÁNQUINES...


LA IDENTIDAD AMENAZADA

Por Juan José García Posada

Comentario posterior a la clase sobre la pérdida de identidad en las plataformas informáticas y las redes sociales. El caso de la estrategia de acreditación social en China y el episodio de la serie Black mirror.

En las dos clases anteriores hemos afrontado el tema nuclear de las amenazas contra la identidad. La identidad personal, tratada con el ejemplo patético e inquietante del episodio de la serie Black Mirror, titulado Caída en picada. Asímismo, con la referencia a la estrategia de control de los ciudadanos instrumentada en China con el nombre de acreditación social, que parece una reproducción, corregida y aumentada, de la situación descrita en el episodio visto. Y la identidad profesional, es decir la pérdida gradual y progresiva de la naturaleza esencial de la profesión periodística, por causa de la profusión y la multiplicidad de contenidos que se emiten y circulan por las plataformas informáticas y las redes sociales, que ocasionan confusión sobre lo que es y lo que no es periodístico y, por consiguiente, sobre lo que es consecuente o no lo es con el deber ser ético de nuestra profesión.

¿Se trata de un problema nuevo, emergente, sobreviniente, o por el contrario estamos presenciando la potenciación de un fenómeno que ha surgido y ha venido expandiéndose desde el comienzo mismo del periodismo y la comunicación? ¿Antes de la internet, de las plataformas informáticas y de las redes sociales no había, acaso, amenazas contra la identidad propia del periodismo y la comunicación, y no las había tampoco en contra de la identidad de las personas? ¿La aplicación de métodos de control ciudadano apenas ha aparecido en los años recientes, como demostración de la presencia dominante, controladora y absorbente del llamado Gran Hermano de Orwell en su novela 1984?

¿La vigilancia invisible pero real y permanente de un ente que sigue nuestros pasos, dirige nuestros pensamientos y premia o castiga, apenas empezó con la internet, las plataformas informáticas y las redes sociales, o está actuando desde tiempos indefinibles, es decir desde cuando la sociedad humana empezó a ser regulada, gobernada y controlada por el poder y los aparatos que lo respaldan, en cualquiera de sus concepciones y manifestaciones? ¿Cuáles son las diferencias entre el control actual en la China con su sistema de acreditación al estilo del episodio de Black Mirror y el control de los individuos en tiempos del Imperio Romano?

Desde los consejos de Maquiavelo al Príncipe está claro que el primer deber del gobernante consiste en sostenerse en el poder. Para conseguirlo apela a todos los métodos, incluidos los legítimos, que le permitan ejercer la autoridad y modular o recortar las libertades. El dilema actual entre seguridad y libertad, que se ha acentuado a partir de la intensificación de las disposiciones preventivas y represivas aplicadas en las fronteras, por ejemplo en las oficinas de inmigración de los Estados Unidos y de la gran mayoría de los países, para evitar al máximo la amenaza terrorista, no es algo nuevo y desconocido. Siempre ha estado latente en las discusiones sobre el equilibrio entre esos dos valores.

Si se pretende ser libre es preciso graduar la seguridad. Y si se pretende estar seguro también es necesario modular la libertad. Libertad y seguridad sólo conviven y armonizan cuando una y otra se morigeran, se gradúan, para que haya un equilibrio razonable. No hay libertad ni seguridad en términos absolutos. La libertad absoluta conduce a la anarquía. La seguridad absoluta equivale a la tiranía, al despotismo y, como el nombre lo indica, al autoritarismo.

Con la evolución de los conceptos y las teorías de ingeniería social y la invención y adopción de las más avanzadas tecnologías, el control de la libertad puede ser más sutil e imperceptible, así como el de la seguridad también está dotado de técnicas sofisticadas cuyo conocimiento no está al alcance de todos los ciudadanos. Y en el supuesto en que se conozcan, evitarlas o frenarlas se convierte en algo casi imposible, debido a la fortaleza con que se establecen y se imponen. ¿Quién puede garantizarnos, por ejemplo, a los habitantes de una ciudad como Medellín, que las cámaras de vigilancia sólo se utilicen para disminuír la acción delictiva y reducir las posibilidades de los rateros, carteristas, ladrones de celulares y bicicletas o raponeros, y no para mantener, bajo alguna administración que tenga vocación despótica, un control de los movimientos de los ciudadanos para clasificarlos y mantenerlos en estado de docilidad y obediencia que reduzcan las libertades de movilización e incluso de expresión? Ninguna ciudad, ningún país están libres de la dominación totalitaria en forma total o parcial. Lo primero que los regímenes despóticos ponen bajo control es la libertad en sus distintas dimensiones: La libertad de expresión, la de movilización, la de acceso a la información, etc.

Por supuesto que las libertades están bajo amenaza progresiva en la medida en que se incrementen las capacidades de usar la tecnología y los responsables de políticas subrepticias, clandestinas, de ingeniería social, aumenten su poder de acción, gracias en gran parte a la indefensión y el desconocimiento de los mismos ciudadanos.

Pero además, no es exacto atribuirles el uso del poder sólo a los gobernantes de turno. También pueden tener dominio complejas organizaciones privadas y facciones delictivas interesadas en el control de los ciudadanos. La clasificación puede resultar complicada y extensa. Sin embargo, podemos intentar una aproximación: El manejo de algoritmos en las llamadas redes sociales e internet, y no es ningún secreto, sirve para identificar gustos, preferencias, tendencias y actitudes de los ciudadanos en la condición de usuarios y consumidores de bienes y servicios. No nos sorprendemos ya cuando, después de haber optado en Facebook por algún anuncio de agencias de viajes o de empresas aéreas, empezamos a recibir persistentes notificaciones relacionadas con el tema. Este solo ejemplo, entre muchísimos más, nos muestra cómo el mercadeo, la publicidad y las ventas, también utilizan métodos de control afines a los que hemos advertido en los ejemplos analizados.

Esa forma de orientación de los consumidores ya forma parte de la cotidianidad. Pero hay otras formas que por lo regular no advertimos: ¿Quién puede negar que alguna estructura criminal, alguna banda delictiva, esté haciéndole seguimiento a alguien para estudiar sus movimientos, sus actitudes y tendencias y sus gustos o pareceres, sus capacidades económicas y demás, con el fin de convertir a esa persona en víctima de un delito? En otros términos, la amenaza contra la identidad comporta una amenaza contra la seguridad personal, contra la integridad individual, familiar, grupal o colectiva. Y no son advertencias imaginarias ni traídas de los cabellos. Están latentes en la vida diaria.

Y desde un punto de vista menos pesimista, negativo, catastrofista, digamos que, así como va perdiéndose la identidad individual, como en el caso de la protagonista del episodio visto y analizado, también se pierde la identidad del medio o la empresa periodística o de comunicación, por ejemplo con la aceptación muchas veces obsesiva y además obediente de los métodos de medición de sintonía, de audiencia, etc., que imponen ganancia o pérdida de puntaje en los ránquines respectivos. Así como el ciudadano puede perder puntos en el ranquin de Facebook, por ejemplo, también los pierde el medio de comunicación que traza sus actividades profesionales en función del aumento de puntos en el ranquin de sintonía o audiencia, no importa si hace concesiones que desvirtúen sus principios, normas y propósitos éticos. En tales condiciones, cede en materia de servicio para evitar la pérdida en cuestión de beneficios transitorios, ocasionales. Acaba por subordinar el deber a la conveniencia pasajera. Pierde su identidad. Se desnaturaliza. No es un asunto nuevo. Viene de tiempo atrás, aunque va creciendo, multiplicándose. ¿Qué hacer, cómo pensar y obrar para frenar esas potentes amenazas? Ahí está el problema.

sábado, 27 de julio de 2019

El CASO ROSELLÓ, EN PUERTO RICO

Teclado

CÓMO LA PRIVACIDAD
TIENE SUS LÍMITES

Por JUAN JOSÉ GARCÍA POSADA

La renuncia del gobernador de Puerto Rico, forzada por las multitudinarias demostraciones de protesta encabezadas por artistas y personajes populares, puede ser un antecedente de lo que seguiría sucediendo con mandatarios que manifiesten evidente falta de coherencia en el manejo de los asuntos del poder y el gobierno.

La mentira, la falta de transparencia, así como el embuste, las maquinaciones torticeras y las trampas de tahúres se han integrado al modo de dirigir la política desde las cúpulas del poder. Ha sido un fenómeno incorporado a la génesis de la sociedad humana. Pero en los tiempos actuales, tal parece que va realizándose el ideal de que nada quede oculto bajo el sol y tarde o temprano lleguen a ser de público dominio los arreglos secretos, tenebrosos, tejidos desde las trastiendas gubernamentales.

En la terminología política se ha hecho una asociación entre la ética pública y la transparencia. La pérdida de confiabilidad y credibilidad de políticos y administradores está vinculada con la sospecha de que actúan en contra de la palabra empeñada en las campañas propagandísticas y los planes de gobierno.

El disfraz de bondad, altruismo y vocación de servicio queda al descubierto cuando se incurre en acciones como las que se denunciaron en Puerto Rico: Aparentar limpieza de intenciones, pero utilizar instrumentos de comunicación, en principio de carácter privado, para ultrajar o ridiculizar a opositores o personas que se han ganado la animadversión de los dueños del poder, es un procedimiento que, al ser detectado y divulgado por algún infidente, patentiza la falta de coherencia de quien está al mando.

Es lo que le ha pasado al dimitente gobernador Roselló. Ante las evidencias y por causa de la creciente indignación de millares de manifestantes, no tuvo más remedio que renunciar. No se trató de una moción de censura ni de una revocación de mandato en las condiciones en que suele preverse en las legislaciones internas. Todo fue tan simple como breve, sumario y contundente. Se señaló, sin más ni menos, una grave como irreparable falta de ética y moral pública. Se le aplicó una potente sanción social.

Por supuesto que se reedita aquí el debate jurídico y ético sobre la colisión entre el derecho a la intimidad y el derecho a la información, en el que han influido filósofos eminentes como Ronald Dworkin. En Colombia, la ponderación de ambos derechos ha sido un problema complejo, ante el cual ha vacilado la misma Corte Constitucional. Desde el ámbito de la Ética del Periodismo, sostengo que la vida privada de los servidores públicos es vida pública. Cuidar el derecho a la intimidad, mantener sus límites, es responsabilidad de ellos mismos, con la prudencia que evita desafueros, faltas de coherencia y caídas en desgracia.

Columna Teclado, en El Colombiano, para el lunes 29 de julio de 2019.






LA POLÍTICA SERÁ ÉTICA O NO SERÁ

La política será ética o no será 


En emisión reciente del programa En rojo y negro, que la Universidad Pontificia Bolivariana realiza en el canal Televida, profesores de diferentes áreas del saber fuimos invitados a exponer opiniones sobre las relaciones entre la ética y la política. Hay una cuestión nuclear cuando se afronta este asunto: ¿Es posible que el obrar ético le infunda credibilidad y transparencia a la acción política? No es una pregunta de fácil respuesta, ni en Colombia ni en países que aventajan al nuestro en materia de cultura política y organización democrática, pero en los cuales también se verifican episodios escandalosos, denotativos de falta de coherencia entre el deber ser y la realidad cuando se trata de la administración y el control del poder y los poderes públicos. 

La clase política no sólo tiene mala prensa, como suele decirse, sino que también aparece en un grado muy inferior en diversas encuestas nacionales y mundiales sobre transparencia, credibilidad y confiabilidad. Es recurrente la invocación de la antigua idea según la cual la política y el poder forman una maquinaria infernal milenaria, arrasadora e implacable. De ahí se ha desprendido cierta creencia generalizada en que no es posible encontrar sobre el planeta a un solo hombre justo, a un solo político impoluto y libre de sospecha. A Maquiavelo se le atribuye la justificación de los medios, sean cuales fueren, con tal de obtener los fines que se persigan. Las costumbres abyectas, la proclividad de no pocos políticos a reproducir comportamientos reñidos con los valores, las pruebas reunidas día tras día en las noticias que difunden los medios informativos sobre actuaciones turbias de representantes elegidos por votación popular, funcionarios o líderes de partidos y movimientos, estarían confirmando la veracidad de tales presunciones. 

¿Pero acaso es imposible desplegar estrategias y tácticas depurativas de la política? ¿La dignificación de una actividad que desde los comienzos de la historia de la sociedad ha sido inseparable de la condición humana es acaso una causa perdida? ¿El hombre como animal político (sean cuales fueren su rol, su notoriedad o su rango en la jerarquía del actuar político), en definitiva es incapaz de comportarse conforme con normas fundamentales de veracidad, equidad y altruismo y ha de ser, de modo inexorable, un sujeto protervo en tanto y cuanto se contamine del virus corruptor de la política, en mayor o menor grado? ¿No puede refutarse con hechos y realizaciones la diatriba de San Agustín contra los políticos, a los que sindicaba de ser piratas y asaltantes de la cosa pública? 

Todas las actividades humanas pueden ser tachadas cuando se les hace un escrutinio más o menos riguroso y se ponen en la balanza sus errores y aciertos. No hay sobre la esfera terrestre una sola profesión, un solo oficio, público o privado, que en determinadas circunstancias no tengan su hora de tinieblas. Pero es la política, por su carácter envolvente y porque atraviesa todos los intereses humanos y sociales, la que está llamada a cargar con la mayor parte del peso de la culpa cuando se pretende criticar su eticidad. La conducta de los políticos puede producir inmenso beneficio general, pero también puede ocasionar daños monstruosos e irreparables en la sociedad. Un error político puede causar pérdida de vidas humanas, desequilibrios insuperables en el funcionamiento de pueblos enteros, dilapidación de dineros y recursos de la comunidad, injusticia, indignación y perjuicios directos o colaterales de magnitudes descomunales. 

El carácter público de la política es lo que marca el altísimo riesgo inherente al actuar u omitir de políticos y funcionarios y lo escandaloso de la apropiación indebida de bienes, servicios y recursos que han sido reunidos gracias al trabajo, el esfuerzo y la confianza de los asociados, como contribuyentes del régimen tributario, como usuarios y clientes y como ciudadanos que generan cuotas de riqueza y bienestar y tienen derecho a esperar del Estado y quienes lo dirigen una reciprocidad proporcional a sus aportaciones, convertida en soluciones eficaces para los diversos problemas comunes. 

En líneas generales, en el programa de televisión referido se trató con ponderación sobre las responsabilidades, los alcances y limitaciones y las perspectivas éticas de la política y los políticos. La política sí puede estar orientada con base en unos mínimos éticos. No sería razonable una ética de máximos, integrista y por consiguiente imposible para seres humanos. Asumir una actitud de optimismo realista, que venza el catastrofismo y el casandrismo propios de los profetas de desastres, es una opción razonable frente a este asunto capital. 

No obstante, el mejoramiento cualitativo de la política y los políticos no pueden lograrse por inercia ni con la repetición ingenua de buenos consejos. Es pertinente pensar, en primer término, en la fuerza vinculante y si se quiere coercitiva de los pactos éticos y acuerdos sobre las cuestiones fundamentales, que reúnan a todos aquellos que, sean cuales fueren sus credos ideológicos, tendencias y matices, estén decididos a comprometerse con propósitos esenciales de búsqueda del bien común y a proscribir en forma radical cualquier conato de aprovechamiento de lo público en beneficio particular. 

Se propone un giro ético, mediante el cual el político, en su condición de ciudadano y de miembro de una colectividad partidista, le sirva a un proyecto realizable y no al contrario como ha venido sucediendo en gran parte de los casos. Un proyecto que esté iluminado por la ética no sólo en los propósitos sino también en los objetivos, los métodos y los resultados. Ese proyecto debe consultar expectativas, reclamos y requerimientos de la gente, que necesita organizar instrumentos de control social por medio de los cuales y con el respaldo de los medios periodísticos interpele en forma constante a los mandatarios o aspirantes a serlo y reclamen el cumplimiento de sus responsabilidades, para aplicarles los reconocimientos o las sanciones condignas y evitar la reincidencia fatal en la elección de los mismos con las mismas. De la insistencia en la necesidad de institucionalizar en realidad los partidos y movimientos y dignificar en forma efectiva y creíble la política mediante un marco normativo jurídico y ético de obligatorio cumplimiento, de la asunción de los deberes sociales por los políticos, del trabajo educativo y formativo que efectúen la Universidad y el Periodismo como fuentes de cultura y de la aparición de una generación de relevo que merezca la confianza, la credibilidad y el respaldo general, puede surgir con el paso del tiempo, aunque no se vislumbre en el porvenir inmediato, una nueva clase política respetable y digna de contribuir a la consolidación de la sociedad abierta y democrática. En parafraseo de quienes han advertido que el Siglo Veintiuno será ético o no será, podemos concluir que la política será ética o desaparecerá del escenario social. 

Publicado como Editorial de la Revista Analecta Política, de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Pontificia Bolivariana, Nro. 2, primer semestre de 2012.