miércoles, 12 de febrero de 2020

Reflexión sobre Ética Profesional


POR UN PERIODISMO JUSTO

Por JUAN JOSÉ GARCÍA POSADA
Ponencia para el curso de Ética Profesional y la sesión del Coloquio de los Libros. Miércoles 12 de febrero de 2020.

En la teoría y la práctica del periodismo hemos sido negligentes para reconocer que la producción de contenidos informativos y orientadores desde los medios de comunicación tiene unas dimensiones de justicia y equidad. En las reflexiones éticas y en la misma normatividad se ha minimizado el concepto según el cual pensar y hacer periodismo comporta efectuar un acto de justicia. Si se pretende contribuir a la cabal realización de un derecho humano fundamental vinculado con las libertades de expresión y opinión, el criterio sobre lo que es justo y lo que es injusto, sobre el comportamiento equitativo en el tratamiento de los hechos de actualidad y trascendencia no puede convertirse en cuestión irrelevante. Es asunto de primer orden, sin el cual se envuelve el periodismo en una atmósfera de engaño incompatible con la responsabilidad de diferenciar entre lo verdadero y lo falso, es decir entre la veracidad y la falsedad de la percepción y la versión sobre los episodios narrables y editables de la realidad actual, de las noticias, los relatos y los comentarios atinentes al acontecer en el aquí y ahora de una sociedad.
La proliferación de las falsas verdades o fake news, de los bulos y las informaciones que desfiguran y tergiversan los hechos originales y ponen el deber de informar al servicio de intereses contrarios a los criterios esenciales inherentes a la razón de ser de la cultura profesional del periodismo, son manifestaciones enfermizas del descuido por lo que es fundamental en la concepción filosófica y en el planteamiento ético de la profesión como servicio justo y equitativo, comprometido con el tratamiento de los hechos de modo proporcional a su real importancia, con ajuste preciso a las motivaciones y circunstancias y en relación exacta con las verdaderas expectativas, necesidades, preguntas e interpelaciones de las audiencias, de los ciudadanos como lectores, oyentes, televidentes o cibernautas.
Como no hay una sintonía razonable entre la versión informativa de los hechos y su magnitud, como se sobredimensionan o subdimensionan, se aumentan o se disminuyen y silencian los temas y personajes, para acomodarlos a decisiones editoriales arbitrarias y apoyadas en intereses y tendencias que se separan de la naturaleza y las características objetivas de los hechos, como se pretende que la realidad fuera como quisiéramos que fuera y no como lo es, se pierde entonces la proporcionalidad propia de la difusión equitativa de las respuestas a las interpelaciones habituales de la gente. Y por consiguiente, se diluye el deber de incidir de modo eficiente en la selección de lo verdadero y lo falso, lo real y lo ficticio. Tal manejo desproporciondo de la actividad profesional degenera en un periodismo injusto e inequitativo.
Respaldo los planteamientos anteriores sobre la justicia y la equidad en el periodismo, en las ideas que expuso el profesor y jurista José María Desantes Guanter cuando escribió sobre el Derecho de la Información: Él reconoció en la actividad periodística una forma concreta de hacer justicia, ya que el informador le permite al público el acceso a una información que este tiene derecho a conocer para desenvolverse en forma adecuada en la sociedad.
Desantes pensó que la justicia y la información son valores relacionales, que ponen en comunicación a los hombres entre sí y a cada uno de ellos con la comunidad: "Y entre comunidad y comunicación hay una relación estrecha: No hay comunicación sin comunidad y no hay comunidad sin comunicación. (…) El deber del informador consiste en dar a cada uno la información porque es suya. El acto informativo, que es el acto propio del deber de informar, es así, fundamentalmente y entre otras cualidades accidentales, un acto de justicia".
Esa relación entre la decisión editorial y la justicia y la equidad es la que hemos dejado perder en el maremagno de la información por lo regular inútil e insustancial. La falsa creencia en que estar muy informado equivale a estar bien informado es parte del desarrollo explosivo de medios y tecnologías de la comunicación y de la expansión vertiginosa del negocio no siempre legítimo de informar, que sobrepone intereses monetarios, políticos y egoístas a los fines éticos del periodismo. Y contribuye, además, esa abundancia desmesurada de información, al manejo caprichoso de la cantidad como valor con subestimación de la calidad y la razonabilidad de los contenidos.

El filósofo coreano Byung-Chul Han ha denominado la abundancia de información inútil como un síntoma del cansancio de la información. En su libro En el enjambre, que puede adquirirse en la Librería de la UPB y leerse incluso en la internet, dice, a propósito:
"El cansancio de la información es la enfermedad psíquica que se produce por un exceso de información. Los afectados se quejan de creciente parálisis de la capacidad analítica, perturbación de la atención, inquietud general e incapacidad de asumir responsabilidades. Este concepto fue acuñado en 1996 por el psicólogo crítico David Lewis. El síndrome afectaba en primer lugar a aquellos hombres que tenían que producir una gran cantidad de información durante mucho tiempo. Hoy todos estamos afectados por el síndrome y la razón es que todos estamos confrontados con una información que aumenta velozmente".
"Un síntoma principal es la parálisis de la capacidad analítica. Precisamente la capacidad analítica constituye el pensamiento. El exceso de información hace que se atrofie el pensamiento. La capacidad analítica consiste en prescindir, en el material de la percepción, de todo lo que no pertenece esencialmente a la cosa. El diluvio de información al que hoy en día estamos expuestos disminuye sin duda la capacidad de reducir las cosas a lo esencial.
Más información no conduce necesariamente a mejores decisiones. Hoy se atrofia precisamente la facultad superior de juicio por la creciente cantidad de información... Cuanta más información se pone a disposición, más impenetrable se hace el mundo, más aspecto de fantasma adquiere. En un determinado punto, la información ya no es informativa, sino deformativa: La comunicación ya no es comunicativa, sino acumulativa".

Los invito a que nos detengamos en esa reflexión y la pongamos en lugar preeminente de nuestras diarias discusiones sobre la ética y la razón de ser de la comunicación y el periodismo.

Del mismo pensador Byung-Chul Han quiero citar estas consideraciones que explana en la misma obra ya citada, En el enjambre, muy apropiada para pensar en las llamadas redes sociales: ¿De que modo la revolucion digital, internet y las redes sociales han transformado la sociedad y las relaciones? Han analiza las diferencias entre la masa clásica y la nueva masa, a la que llama el enjambre digital: "El enjambre digital, a diferencia de la masa clásica, consta de individuos aislados, y carece de alma, de un nosotros capaz de andar en una dirección o emprender una acción política común. La hipercomunicación digital nos aleja más del otro, bajo la ilusión que nos acerca, y destruye el silencio que necesita el alma para reflexionar y ser ella misma. Se percibe sólo ruido, sin sentido, sin coherencia. Todo ello impide la formación de un contrapoder que pudiera cuestionar el orden establecido, que adquiere así rasgos totalitarios. El hombre teclea en lugar de actuar, dice Han. Hemos sometido las máquinas que nos explotaban, pero ahora son los aparatos digitales los que nos esclavizan, transformando todo lugar en un lugar de trabajo". (Esto podría servirnos para discutir sobre la pertinencia de la nueva moda de gobernar por twitter, como si fuera un rasgo distintivo en las actuales democracias).

Démosle un vistazo más al pasado, que nos ayuda a verificar cómo sí ha habido una declinación, un retroceso, en los razonamientos y la práctica del periodismo. Recordemos el célebre Informe Hutchins, pensado por un grupo de intelectuales de la Universidad de Chicago y liderado por su rector Robert Hutchins. Tal documento marcó un hito en la definición de un periodismo que no sólo buscara ser libre y veraz, como se había insistido hasta entonces, sino que además fuera socialmente responsable. El informe, que data de 1947, es decir en momentos en que surgía el humanismo jurídico, se tituló A Free and Responsible Press. En aquel entonces no se valoró lo suficiente el Informe. Pero con el paso del tiempo, las críticas que implicaba al periodismo y la urgencia de hacer un replanteamiento de fondo de la teoría y la practica de la profesión, han impelido a editores, profesores y periodistas estadinenses a reconocer que ha sido una contribución que sostiene su importancia para la comprensión del deber ser ético de la profesión.
El Informe Hutchins fijó entonces Cinco responsabilidades del periodismo libre, que deberían recobrar vigencia:
1. Proporcionar información verdadera, completa e inteligente de los sucesos del día dentro de un contexto que les dé sentido.
2. Servir de foro para el intercambio de comentarios y críticas.
3. Servir de medio para dar a conocer las opiniones y actitudes de los diversos grupos que constituyen la sociedad.
4. Presentar y clarificar las metas y valores de la sociedad.
5. Velar por que cada miembro de la sociedad tenga pleno acceso a toda la información pública.

¿Pero cómo y por qué enfatizar en el periodismo con justicia y equidad, en tiempos de confusión, de distorsión de los principios y valores fundamentales de la profesión, de olvido o subestimación de lo esencial de la ética y de pérdida de la proporcionalidad en el tiempo y el espacio que distancian de lo justo y equitativo y por consiguiente de la responsabilidad social que va más allá de la libertad y la veracidad?
Los cinco puntos recomendados por el Informe Hutchins como bases de las estrategias  periodísticas siguen orientando los razonamientos sobre el deber ser ético y las diferentes formas de normatividad en códigos, manuales de estilo y demás instrumentos autorreguladores de la actividad profesional.
En ese deber de autorregulación, que presupone control autónomo desde el periodismo, está una clave de la independencia con que la profesión, realizada por los periodistas, los medios y agremiaciones y las universidades, está llamada a conjurar la censura previa, las restricciones externas y los controles que puedan intentarse desde sectores del Estado y la sociedad civil que pretendan dirigir la actividad periodística. La autorregulación o el autocontrol como instrumento legítimo refuerzan la autonomía, la libertad y la responsabilidad social para asumir las consecuencias de las decisiones editoriales. Decisiones que, tal como queda dicho, deben tener un componente de justicia y equidad.
El filósofo norteamericano Richard Rorty se ha catalogado como uno de los mentores del llamado neopragmatismo. Defiende la autorregulación como blindaje de la autonomía de los medos de comunicación, que mediante su influencia creciente moldean la vida en las esferas pública y privada, en la pública en los campos de la cultura, la economía y la política, y en la privada en las rutinas y costumbres familiares y grupales, en la organización del tiempo de ocio y en los hábitos de consumo. Al mismo tiempo arrecian las críticas sobre las desviaciones de los medios, como lo hace con insistencia Chomsky al señalar la búsqueda del beneficio por encima del servicio. En una interpretación de las tesis de Rorty, el profesor José María Filgueiras dice en un artículo de la revista Razón y Palabra que “a estas inquietudes teóricas debemos añadir también la preocupación, cada vez más extendida en las sociedades contemporáneas, de que los medios utilizan el poder de que disponen para su propio beneficio, y no para beneficio del conjunto de la comunidad social. La actual concentración de poder mediático en unas pocas manos es un elemento de preocupación añadido. Ante este panorama, una reacción que nos parece especialmente interesante, pues excluye el total rechazo de los medios sin caer en alabanzas acríticas, es poner el acento en la ética de la comunicación y el periodismo”.
Y la ética, cimentada sobre las bases de justicia y equidad. Las decisiones editoriales y la ejecución de la llamada agenda informativa deben ser justas y equitativas y sintonizarse con las interpelaciones y expectativas de las audiencias, de los ciudadanos como lectores, oyentes, televidentes o cibernautas, de tal modo que la actividad periodística en el tratamiento habitual de los hechos de actualidad no sea una imposición unilateral sino el resultado de la auscultación, interpretación y comprensión de las verdaderas motivaciones sociales. Así pueden conjurarse modos viciados de informar como los que se reeditan cada día cuando se distrae la atención de los ciudadanos con temas irrelevantes, se actúa con el empecinamiento de contrariar la voluntad general y torcer decisiones mayoritarias tomadas dentro del llamado libre juego democrático, se utilizan la información y la opinión como instrumentos de manipulación y desviación tendenciosa hacia modos engañosos de lectura y comprensión de las realidades actuales y se hacen concesiones de la independencia en beneficio de los grupos políticos y de presión y los organismos de poder, con subestimación de la justa y equitativa generación de contenidos proporcionados a las circunstancias reales.
Para Rorty, la justicia, y este concepto es aplicable a la reflexión sobre el periodismo, se hace posible a partir de la lealtad ampliada. Hay una lealtad debida a uno mismo, a la propia cultura profesional y a los demás, en especial a los próximos. El filósofo neopragmático habla del círculo de nuestras lealtades morales y dice, citado por Filgueiras: “Los seres humanos solemos tener un círculo de personas, generalmente un grupo pequeño (como la familia o la comunidad más inmediata), en las cuales confiamos y por las que nos preocupamos especialmente. Nuestra lealtad a estas personas es indiscutible, y constituye gran parte de nuestra identidad moral, como lo muestra el hecho de que dicha lealtad no necesita de coerción alguna para ser ejercida, pues surge de manera espontánea. También somos leales a grupos más grandes, que se extienden concéntricamente a partir de nuestro círculo más íntimo. Estos grupos pueden ser desde los compañeros de trabajo o los vecinos de nuestro pueblo, hasta nuestros compatriotas, el conjunto de la humanidad o incluso todos los seres vivos”.
Se es justo, entonces, desde el periodismo, cuando el círculo de las lealtades se expande y deja de comprender sólo a los más cercanos, para extenderse a toda la sociedad, en su diversidad y su dinamismo. Es entonces cuando se pasa del ensimismamiento egoísta al altruismo y la actividad periodística no está validada sólo por el servicio a intereses particulares sino que se amplía a los propósitos, fines y objetivos generales, si se quiere al bien común general. Es en estos términos como podemos captar y comprender el concepto de la responsabilidad social, que trasciende los límites rígidos de la cultura profesional y la enriquece con el la adopción del compromiso con la generalidad de los ciudadanos.
Un periodismo marcado por la injusticia y la inequidad, por la tendencia acentuada a la desproporción mentirosa en el tratamiento de los hechos de actualidad, no puede hacer que valga el valor de la verdad, ni puede ser consecuente con sus principios fundantes, como los de la libertad y la independencia. Justicia y equidad, condiciones primordiales para desarrollar el extenso catálogo de los asuntos que demandan atención para el cabal tratamiento de los temas de actualidad, sin las cuales la ética se esfuma hasta tornarse en entelequia o en figura ilusoria y fantástica y de realización imposible. Un periodismo despojado de criterio justo y equidad es la negación de la razón de ser de nuestra profesión.

Fuentes de consulta
Byung-Chul Han. En el enjambre. Editorial Herder. 2014.
Desantes Guanter, José María. Fundamentos del derecho de la información. Confederación Española de Cajas de Ahorros. 1977.
Filgueiras, José María. El periodista, forjador de justicia. Revista Razón y Palabra. México. 2009.
Lecaros, María José. Contenido y conclusiones de la Comisión Hutchins. Cuadernos de Información, Facultad de Comunicaciones, U. Católica de Chile. 1984.
Rorty, Richard. Objetividad, relativismo y verdad. Editorial Paidós Ibérica. 1996.










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