Por
JUAN JOSÉ GARCÍA POSADA
El
progreso es la obra de los descontentos. Esta máxima puede ser norma de vida.
Pero hay que entenderla para aplicarla de modo inteligente y evitar que se
convierta en incitación al sacrificio inútil y la lucha estéril. El descontento
es fuente de progreso si se basa en un porqué y un para qué, si parte de un
principio racional y una finalidad éticos. Ser y estar descontento comporta una
decisión y una actitud vital inteligentes, no un desahogo simplista e
infructuoso, que suele originar retroceso, además de los daños propios de las
acciones alocadas, primitivas, violentas, vacías de argumentación y de motivos
respetables y convincentes.
Que
protestar es un derecho en una sociedad abierta, en una democracia liberal, que
no en un sistema totalitario, por supuesto que sí. Pero un derecho que tiene,
como tal, un contenido valorativo. La protesta del menor caprichoso y malcriado
no puede compararse con la del individuo autónomo, que ha alcanzado la mayoría
de edad, que se ha ganado la facultad de ser libre y escoger lo que deba
hacerse, no aquello a lo que lo empujen los resabios, los sentimientos y
emociones alborotados, los consejos malintencionados de compañeros o tutores
habituados a manipular, a lavar cerebros, a forzar conciencias apoyados en el
poder que se arrogan por su jerarquía formal en la orientación o la docencia,
desde la primaria hasta la vida en la universidad.
Cómo
se nota, con motivo de tantas y tan enredadas formas de protesta de estos días,
que falta aprender a protestar. La vergonzosa descalificación internacional en
las pruebas Pisa, que relega a Colombia a la premodernidad, se explica en parte
por las graves deficiencias en comprensión de lectura: En este país se leen y
se graban titulares, se cree en falsas noticias y versiones tendenciosas, se
cambian verdades por mentiras. El malestar, el descontento, no pasa de ser un
estado confuso de ánimo, cuyas causas y consecuencias no se interpretan, porque
rara vez se procura ir más allá de la representación insustancial, superficial
e inmediatista de la catarata de los hechos vaciada por una forma de periodismo
cada vez más proclive a envilecer esta profesión entrañable, si se contamina al
confundirse con las cañerías por las que corren y suben las aguas turbias de
las llamadas redes sociales.
Aprender
a protestar nos toca a todos. Educar para que la protesta no sea la validación
del error, la insensatez y la mentira, es punto esencial de las
responsabilidades éticas inherentes a todo el sistema educativo. Incluidos los
medios periodísticos y los periodistas. Educar, para que la obra de los
descontentos y constructores de un mundo mejor no se malogre por la malicia y
la mala fe de manipuladores tenebrosos e irresponsables.
Columna Teclado, El Colombiano, lunes 9 de diciembre de 2019
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